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martes, 7 de febrero de 2012

Misión de la mujer en la Iglesia como animadora de espiritualidad


Autor: Juan Carlos Meinvielle

El mundo de la espiritualidad y la mujer:

Ya hace mucho tiempo, el escritor francés André Malraux, decía que el siglo XXI sería el siglo de la mística y Karl Ranher decía que el cristiano del siglo XXI, sería un místico o no sería cristiano, porque el mundo tendría hoy tantas ocasiones de vivir como ateo, que sólo un místico puede superarlas. Pero ¿Qué es ser místico? No son visiones, ni estados crepusculares, ni falsos misticismos de meditaciones o estados de trance que nos aparten de la realidad y sean una evasión de los verdaderos problemas. Sobre todo de la familia. La espiritualidad verdadera es vivir una profunda experiencia de Dios. El cristiano espiritual, es el que cultiva el diálogo con Dios y con los hombres, y sus problemas y se compromete con su testimonio. ¿Y cómo podemos vivir el diálogo cristiano en familia y la espiritualidad familiar?

No hay duda, que la espiritualidad es una tarea que se adapta bien al espíritu femenino. Sin entrar en el tema de las comparaciones entre mujeres y hombres, ni decir quién es más o quien es menos, hay que admitir que por su sensibilidad y percepción propia de la realidad, la mujer está muy bien dotada para esta misión. Su ubicación en lo cotidiano, en el mundo y la historia, en lo corpóreo y al mismo tiempo en la interioridad, en lo afectivo, en el arte, en la creatividad y la inteligencia emocional, la dotan de grandes cualidades para vivir y testimoniar la vida espiritual. Por ejemplo, una teóloga de la UCA, que comenta la obra del famoso Von Balthasar, dice que “el ser de lo femenino ocupa un lugar eminente en la configuración del diálogo interdisciplinario entre teología y vida”.

Carismas de estilo laical:

Por otra parte, es muy interesante darse cuenta de que este ámbito, no atañe exclusivamente al ministerio ordenado, sino que puede ser un “estilo laical” plenamente eclesial y femenino. Los pastores, no son los únicos que pueden hablar de todos los temas en la iglesia. A ellos les compete gobernar y discernir y vigilar los carismas particulares, pero hoy una verdadera teología de los carismas como enseña San Pablo, que en la medida que se profundice, va a ser de gran provecho para el desarrollo de la vida eclesial y seguramente nos revelará aspectos muy importantes de la misión y el papel de la mujer como animadora de espiritualidad en las comunidades eclesiales. Hoy la voz de la mujer debe oírse cada vez con más fuerza en la Iglesia. Es cierto que hoy, ya hay mujeres teólogas, que son formadoras de pensamiento cristiano. Hay catequistas, o trasmisoras de fe. La mujer es madre, trasmisora de vida y humanismo. Es maestra o formadora de cultura y de valores. Pero seguramente, sin ser profetas, podemos decir que cada vez más, será animadora de espiritualidad, no sólo para las mujeres sino para toda la Iglesia.

Misión de la mujer en la espiritualidad, mirada historia:

Si miramos la historia, nos encontramos enseguida con una mujer, María, que recibió el primer anuncio del Emmanuel, el Dios con nosotros y lo hizo carne en sí misma. Así entró ella en la historia de la salvación. Encontramos después a otra mujer, María Magdalena, que fue la primera enviada a anunciar a Jesús resucitado a toda la Iglesia, incluidos los Apóstoles. Más aun, recordemos entre otras a Santa Catalina de Siena, cuyos pasos fueron seguidos por Papas y Cardenales. Teresa de Ávila, dirigió una reforma impresionante en la Iglesia. Teresita abrió caminos de espiritualidad para todos. En la edad media y durante la conquista española de América, mientras los misioneros y las universidades expandían la evangelización en Europa y el nuevo mundo, las mujeres madres, plasmaban el humanismo cristiano en la familia y la inculturación de la fe en la España mora y judía, y en los pueblos originarios de Latinoamérica.

Nuevos movimientos de espiritualidad:

Si miramos la sociedad de hoy vemos muchas mujeres que participan en los nuevos movimientos de espiritualidad. Por cierto estos movimientos tienen cosas valiosas y otras que deben ser evangelizadas y discernidas. Recordamos las palabras del Papa cuando era prefecto de la Doctrina de la fe, sobre “los métodos orientales en la oración cristiana”. También hay aspectos de la nueva era, que son incompatibles con nuestra fe. Es importante estudiar cual el atractivo que ejerce esta espiritualidad y las causas del rechazo a la Iglesia y lo institucional. Hay mujeres cristianas que son instructoras de yoga o de zen y hay quienes dirigen grupos de oración cristiana con estos métodos. Son experiencias que pueden ser apreciadas y valoradas después de discernirlas convenientemente, no tienen por qué ser esfuerzos aislados y pueden ser integradas a la Comunidad. Aquí se puede descubrir el papel de la mujer laica, instaurando un diálogo de confianza y aprecio dentro de la comunidad.

Afinidad de la mujer con ciertos aspectos de la espiritualidad actual

La interioridad es una de las mayores búsquedas de los movimientos espiritualistas contemporáneos. Se utilizan para lograr la paz y armonía interior, la respiración, la concentración, la relajación y el silencio. Se busca lograr un nuevo concepto de salud y de armonía ecológica. Sin menospreciar esas prácticas, como ya dijimos, la espiritualidad cristiana no puede dejar de ser interior y espiritualidad, pero también religiosa y comunitaria. La espiritualidad actual es fuertemente individualista y evita lo religioso, lo trascendente y la tradición y magisterio eclesial.

Rasgos de una espiritualidad cristiana actual:

Tiene que ser una espiritualidad del corazón, que integre en la unidad de la persona, el cuerpo y el alma y el espíritu. Que cuide las emociones y busque liberarse de sentimientos de culpabilidad, de obsesiones y escrúpulos, de miedos y, sobre todo el miedo a Dios, al juicio y lo trascedente. La espiritualidad cristiana da verdadera importancia a la libertad de la persona como sujeto moral, a la formación de la conciencia y del juicio y la toma de decisiones morales, no tiene una concepción deformada del pecado y la conversión. Entiende lo que es la reconciliación y el perdón. Se funda plenamente en el amor a Dios y al prójimo, sin legalismos y moralismos rígidos e intransigentes y discriminatorios. Busca la justicia social y la reciprocidad de las conciencias, preocupándose por el bien del prójimo y la paz y la no-violencia en todo aspecto, social, doméstica, familiar, juvenil y política y la sanación del perdón de las ofensas y heridas de la vida. Una espiritualidad cristiana actual auténtica, deberá ser la espiritualidad de la acción y de la vida cotidiana. Juntamente con ella corre el tema de la liturgia de la vida diaria. El culto de la vida cotidiana y el sacerdocio bautismal del laico. Los actos del culto son el sacrificio y la ofrenda. Ofrecer todo lo que hago en mi vida cotidiana, y hacerlo lo mejor que pueda para gloria de Dios, es el acto de culto de mi Misa personal. La adoración de Dios en mi vida diaria es la ofrenda y el sacrificio de vida, de mi cuerpo de mi trabajo y sufrimientos, junto con el Sacrificio de Jesús.

Papel de la mujer en la espiritualidad familiar y de la vida cotidiana

Dios es familia, decía siempre Juan Pablo II. La familia es también una IGLESIA doméstica, es decir, un misterio de COMUNIÓN. Los SACRAMENTOS de la iglesia doméstica, son el Bautismo que vivimos como vida de Alianza y amistad con Dios por medio del Espíritu Santo. La Comunión de los miembros de la familia, alimentada por la Eucaristía. Y el misterio del sacramento del Matrimonio cristiano, es la comunión de vida y amor de dos que se entregan y reciben mutuamente, sus cuerpos y almas, se cuidan en la salud y la enfermedad, y se perdonan y reconcilian siempre. El calendario de la espiritualidad familiar, abarca los aniversarios, cumpleaños y fiestas de familia, para recordar el paso de Dios por su historia de todos los días. Los duelos, las enfermedades y los sufrimientos son la Semana Santa y la Pascua de la familia. También los padres viven la liturgia doméstica del hogar y la trasmiten a los chicos, cuando junto al beso de las buenas noches, los bendicen trazando la señal de la cruz en su frente. Cuando los lleven a realizar la visita a la iglesia del barrio, para que ésta se vuelva familiar para el chico. Y como los niños a esa edad comienzan a imitar lo que ven hacer a los otros, les enseñan a rezar ante las imágenes o el altar doméstico y hacer un ratito de silencio. Siempre obviamente gestos sencillos, breves. Cuando el niño empieza el jardín de infantes y aparecen los amiguitos, les hablan de Jesús como amigo, y les van enseñando las oraciones a la Viren y los santos.

Mujer, imagen femenina de Dios

Dios ¿es padre?, ¿o es madre? ¿Es varón o mujer? ¿Dios … o diosa? Las dos cosas tienen algo de verdad, pero no son verdad del todo. En realidad en Dios no hay sexo, no es varón ni mujer, pero es el Creador de todos los hombres y mujeres por igual. “Creó al hombre”; “Los hizo, varón y mujer. Y repartió sus dones por igual entre ellos, pero a cada uno le dio algo especial y característico, para que en la comunión de ambos pudieran enriquecer al otro y así viviendo en comunión, el hombre y la mujer re-crean la imagen de Dios Comunión Trinitaria y Amor de Personas. En realidad, la Biblia, está llena de imágenes femeninas y maternales de Dios. También el Nuevo Testamento. Y también de imágenes matrimoniales y nupciales y por supuesto, la Alianza.

Nos cuenta la Biblia que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y el Beato Juan Pablo, añade en su encíclica sobre la familia, que también la familia por ser una comunidad de personas es imagen de Dios, Comunidad de Tres Personas. No sólo eso, sino que también cada miembro de la familia reproduce personalmente, tomado dentro del conjunto familiar, alguno de los rasgos característicos de Dios: la mujer reproduce la ternura del amor de Dios; el hombre, la paternidad y fuerza; los ancianos la sabiduría de Dios; los jóvenes, su creatividad y energía, los niños aquella inocencia sin la cual no podemos entrar en su Reino.

Por supuesto, al decir que la mujer tiene la misión de trasmitir ternura, no significa que la mujer debe ser un ser débil y sometido. Todo lo contrario. La ternura, según San Francisco de Sales es la perfección de la caridad y del amor, que es el primer mandamiento. Ternura, es sinónimo de la “compasión” que experimenta Dios por los hombres, especialmente por los débiles y pecadores, como lo muestra la parábola del buen samaritano. “Con-pasión”, significa sufrir con el otro. Dios es compasivo porque asume el dolor del pobre, del pueblo crucificado y lo redime, no con discursos y enseñanzas teóricas, sino compartiendo su dolor. Ese es el amor de una madre, y en general de la mujer que está llamada a aportar a la sociedad, este rasgo que Dios puso en su naturaleza y que es característico de Él. Una mujer que no se entiende a sí misma un poco como madre, más allá de la maternidad puramente biológica, no entiende su misión de mujer.

Deformaciones de género

Es cierto que por desgracia, durante mucho tiempo se tergiversó la figura de la mujer, desfigurando su imagen mediante una caricatura de ser obediente y sumiso. Muchas veces la cultura de la época pasada, redujo el rol de la madre solamente los quehaceres domésticos y a su papel en el hogar. No hablo de este tipo de rol materno antiguo, sino de la mujer que siempre en todas sus funciones, domésticas, sociales, eclesiales o políticas y culturales, sabe dar ese toque de madre, que sólo ella puede dar, al poder dar vida, hacer crecer, cuidar y dar fe a sus semejantes como lo hace Dios con sus hijos.

¿Igualismo o complementación?

“Cuando el machismo y el feminismo se encuentran, nace el igualismo”, dice una propaganda de cerveza. Como si dijéramos que cuando nos encontramos para tomar una Quilmes, ya no hay diferencias de sexos. El “igualismo”, puede funcionar bien, si se trata de los derechos humanos de las personas. Todos somos iguales, hombres y mujeres y tenemos los mismos derechos. Pero también es cierto, que los sexos tienen características propias de cada uno, que los hacen diferentes, aunque iguales en valor y dignidad. Esas diferencias, justamente son para enriquecer al otro, en el encuentro de los sexos y en el amor. No hablamos solamente del encuentro sexual de tipo genital, sino en el encuentro de personas diferentes, donde cada una mirando a la otra pude decir “yo tengo lo que a vos te hace falta” y “vos tenés lo que yo necesito”. Y así, en primer lugar la amistad entre hombres y mujeres y luego en particular el matrimonio, es un camino de perfeccionamiento y crecimiento en conjunto donde los dos se complementan como personas.

El futuro de la mujer en la Iglesia

Si bien la Iglesia de Cristo seguirá siendo siempre la misma, no sabemos cómo será la Iglesia del futuro, humanamente hablando y desde el punto de vista pastoral e intencional. No sabemos si algún día la mujer llegará a ser sacerdote, o si se admitirán sacerdotes casados. Pero en realidad tampoco importa demasiado. Lo importante es afirmar la importancia del papel de la mujer en la iglesia del futuro, como maestra de espiritualidad cristiana.

En Europa la idea de pueblo cristiano va perdiendo fuerza frente al pluralismo y a otras religiones. El pueblo ya no es la Iglesia, como era en otra época. Tal vez vayan creciendo los movimientos eclesiales y las pequeñas comunidades más fuertes y comprometidas. También entre nosotros se podrá ir dado ese proceso, pero en Latinoamérica donde todavía es fuerte la religiosidad popular, se hace necesaria una nueva evangelización de la cultura. No hablamos sólo de catequesis parroquial. Acá es donde el papel de la mujer puede aparecer con mucha fuerza como trasmisora de fe y maestra de espiritualidad en la comunidad eclesial del futuro tanto en Europa como en Latinoamérica.

Preguntas, para un debate:

1. ¿Qué es lo más importante que puede hacer la mujer para comprometerse en un trabajo de espiritualidad

2. ¿Tiene hoy la mujer en la Iglesia un papel importante, en nombre propio, no sólo como colaboradora o secretaria? ¿Puede llegar a tenerlo?

3. ¿Qué características tiene la mujer, con las que puede enriquecer a los demás y a la Iglesia?

sábado, 13 de diciembre de 2008

Carta pastoral de Adviento de Mons. Jorge Casaretto



"¿QUÉ COMENTABAN POR EL CAMINO?"

Carta pastoral de monseñor Jorge Casaretto, obispo de San Isidro, para el Adviento 2008

"Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: « ¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: « ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». (Lc 24, 13-24)


Queridos amigos:
Ustedes se preguntarán por qué comenzamos una carta de "Adviento", con un texto de "Pascua". Lo que sucede es que este Adviento es especial para nuestra diócesis, porque con él damos comienzo a la preparación para nuestra Asamblea Diocesana, que tendrá lugar el 13 de Junio de 2009, en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. A todo este período que va desde el Adviento de 2008, hasta nuestro encuentro en Junio de 2009, lo llamamos "Tiempo de Asamblea".

Lo más importante es preparar nuestro corazón para esta Fiesta Diocesana. Dicha preparación la haremos dejándonos conducir por el texto de los discípulos de Emaús, que iremos meditando por partes, según los aspectos de Jesús que el evangelio nos va presentando. Durante el Adviento y la Navidad, contemplamos a Jesús que escucha a estos dos peregrinos.

Posiblemente la Biblia, nos parezca un libro lleno de palabras, y no nos hayamos detenido a pensar la cantidad de personas que aparecen allí en actitud de escucha hacia Dios y a los hermanos. En esta carta vamos a meditar un poco sobre estas personas y sus actitudes y las consecuencias de una profunda disposición para escuchar, en orden a nuestro seguimiento de Jesús hoy.

"Escuchar" en la Sagrada Escritura

Escuchar en la Biblia, es mucho más que oír palabras o sonidos: cuando Dios escucha, significa que Él ha concedido algo. Cuando un hombre escucha, significa que saca las consecuencias de lo que ha oído (Lc 6,47).

En la Sagrada Escritura, Dios es el primero en escuchar al hombre. Las personas, lo que esencialmente pedimos en la oración, es que Dios nos escuche, es decir, que atienda y realice nuestro ruego.

Dios oye a todos, pero especialmente al pobre, a la viuda y al huérfano, a los humildes, a los cautivos (Santiago 5,4). Escucha a los justos, a los que hacen su voluntad (1Pedro 3,12). El Padre siempre escucha a su Hijo Jesús (Jn 11,41s), por eso se nos insiste en que hagamos nuestra oración en Él y a través de su mediación.

La Biblia es esencialmente Palabra de Dios al hombre, ese es el motivo por el cual, el hombre debe escuchar a Dios. ¡Escuchen!, grita el profeta con la autoridad de Dios (Jeremías 7,2). ¡Escuchen!, repite el sabio en nombre de su experiencia y de su conocimiento de la ley (Proverbios 1,8).

"¡Escucha, Israel!", Así empieza una de las oraciones principales del judío piadoso, y con ella intenta interiorizar la voluntad de Dios (Deuteronomio 6,4). "¡Escuchen!", repite a su vez Jesús mismo, al comenzar su predicación (Mc 4,3).

De todo lo dicho, se deduce que para la Sagrada Escritura, escuchar, es una actitud religiosa que implica acoger la Palabra de Dios no sólo prestando atención, sino abriendo el corazón (Hechos 16,14), poniéndola en práctica (Mt 7,24ss). Escuchar es obedecer, es la obediencia de la fe, de la que nos habla en el Nuevo Testamento, la carta a los Romanos (Rom 1,5; 10,14ss).

Pero muchas veces el hombre no quiere escuchar (Dt 18,16.19), y en eso está su drama. Es sordo a las llamadas de Dios; su oído y su corazón están cerrados, esta actitud aparece tanto en el Antiguo Testamento (Jer 6,10; 9,25); como en el Nuevo (Hechos 7, 51).
Es el pecado con que se encuentra Jesús:. "El que es de Dios oye las palabras de Dios; por eso ustedes no las oyen, porque no son de Dios» (Jn 8,47).

Sólo Dios puede abrir el oído de sus discípulos para que aprendamos a escuchar (Is 50,5).
La Biblia nos dice que en los tiempos del mesías oirán los sordos, y los milagros de Jesús significan que finalmente el pueblo "sordo" comprende la Palabra de Dios y le obedece. Es lo que la voz del cielo proclama a los discípulos: "Éste es mi Hijo muy amado, ¡escúchenlo!" (Mt 17,5).

En el texto de Emaús que encabeza estas líneas, lo primero que hace Jesús es escuchar. No escucha para enterarse (¡si sabría Él lo sucedido!), escucha porque sabe que los discípulos necesitan aliviar su corazón triste y confundido. Jesús pregunta "¿De qué venían conversando? y hace silencio, escucha todo, desde el principio.

Imaginemos esa escucha y esa mirada llena de amor: Jesús escucha gestos, palabras, sentimientos, emociones… Está dispuesto a recibir la pena y el reclamo, la decepción. Son cosas difíciles de oír, en especial cuando uno mismo parece ser el responsable de esos sentimientos negativos, y además se ama a las personas que los padecen. Pero Jesús pregunta, escucha, atiende, recibe y sólo cuando ha escuchado a fondo, comienza a hablar.

Los que escuchan en el tiempo de Adviento

La gran figura que escucha y espera en este tiempo de Adviento, es María. Habituada a guardar fielmente las palabras de Dios en su corazón (Lc 2,19.51), fue alabada por Jesús cuando éste reveló el sentido profundo de su maternidad: "Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28).

María escucha, pero lo hace activamente; cree, pero pregunta al Ángel "¿Cómo puede ser esto?" (Lc 1,35). Escucha y habla, acepta y recibe el misterio en su cuerpo y en su corazón. Así, la encarnación del Hijo de Dios, que celebramos en Navidad es posible, por María, que escuchó a Dios.

Junto a la escucha creyente de María, el evangelio de Lucas, nos trae justo antes de ésta, la historia de otra anunciación, la del mismo Gabriel a Zacarías, el padre de Juan el Bautista (Lucas 1, 5-25). Zacarías escucha a medias, o escucha pero tiene dificultades para creer ¿Cómo puede ser que él y su mujer Isabel, que son ancianos y que ni siquiera de jóvenes han podido tener hijos, tengan uno ahora y que encima sea profeta? ¡Qué comprensible y familiar nos resulta la duda de Zacarías! Finalmente Zacarías cree y así como la duda lo había dejado mudo, la fe y la escucha, lo capacitan para alabar a Dios.

Ese hijo de Zacarías e Isabel, Juan el Bautista, es el gran profeta del Adviento. Vive en el desierto a la escucha de Dios y en la espera del mesías. El desierto en la Biblia es más que un lugar geográfico, es una actitud espiritual: en el desierto el silencio y la ausencia de cosas, permiten escuchar y estar atento.

La escucha atenta del Bautista, lo capacitan para reconocer al Señor cuando lo ve "¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!" (Jn1, 29)
Amigos, ¡Qué buen momento es el Adviento para ejercitarnos en la escucha! Pidamos con el profeta Samuel: "¡Habla, Señor, que tu servidor escucha!" (1Sam 3,10).

Escuchar a Dios hoy

La Palabra de Dios, no es algo del pasado, ya que Dios sigue hablando hoy. Tal como venimos reflexionando, nos habla en la Sagrada Escritura, pero también nos habla a través de la realidad. ¿Dónde? Aquí y ahora, en nuestra vida.

Dios habla, pero nosotros tenemos dificultades para escuchar. Empezando por lo más inmediato: somos seres encarnados, pero muchas veces no cuidamos nuestro cuerpo, no ordenamos nuestros tiempos, vemos mucha televisión y a veces nos entretenemos con programas procaces, abusamos del alcohol y ni hablar del consumo de drogas y otras adicciones peligrosas.

Otras veces, tampoco escuchamos las necesidades de nuestra alma: no tomamos tiempo para los afectos o para la reflexión; no hacemos silencio y nos llenamos de ruidos, no guardamos ese espacio tan necesario para la oración.

Como no nos escuchamos a nosotros/as mismos/as, nos resulta muy difícil escuchar a la realidad y a los hermanos.

Nos cuesta escuchar lo que pasa en nuestra ciudad, en el país y en el mundo, aunque nos aturdamos de noticieros, porque nos falta muchas veces la actitud reflexiva que nos lleve más allá de la noticia y porque no nos involucramos en los cambios necesarios para transformar la realidad. Tampoco escuchamos al medio ambiente y a sus necesidades: contaminamos, no cuidamos el agua, ni los espacios comunes, etc.

¿Qué decir del prójimo? Tenemos grandes dificultades para escucharnos unos a otros. A las parejas muchas veces les falta tiempo para compartir, comunicarse en medio del cansancio y del apuro es muy difícil.

En la carta sobre adicciones vimos qué difícil, pero qué necesario es comunicarse con los chicos y los jóvenes, tener esa paciencia, para preguntar, como Jesús, con humildad y queriendo saber "¿De qué venían conversando?". Cuando los jóvenes intuyen que de verdad nos interesamos por ellos, seguramente van a responder, entonces debemos tener el valor de escuchar, porque tal vez no nos guste lo que vamos a oír.

Aquí quisiera incluir a los niños, que les toca un tiempo difícil para transitar la infancia. No solemos prestar atención a sus pequeños relatos, a sus actitudes, a sus enfermedades crónicas o a su "portarse mal". Muchas veces son un grito sin palabras que nos dice a los adultos "aquí estoy" "préstenme atención, necesito más tiempo, más afecto"… ¡Qué gran error! Porque la comunicación en la familia se construye desde la más temprana edad.

A menudo, el cansancio de la vida nos lleva a no querer escuchar más problemas, entonces aunque estemos presentes, tenemos dificultades para escuchar a los vecinos, a los compañeros de trabajo, a los familiares, a los miembros de nuestra comunidad educativa o parroquial. Sentimos cansancio o pereza para preguntar (y estar dispuestos a escuchar) "¿De qué venían conversando?".

Acá, también tenemos que hacer un examen de conciencia como comunidad eclesial, y preguntarnos como Iglesia si tratamos de escuchar la realidad, la cultura, el reclamo de justicia de los pueblos. Aunque el Concilio Vaticano II nos habló de esta escucha a las realidades temporales, muchas veces no la practicamos. Por falta de humildad, por ignorancia, tal vez por miedo a sentirnos interrogados por los "signos de los tiempos".

Así leemos en el Documento de Aparecida: "la conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas. Estamos llamados a asumir una actitud permanente conversión pastoral. Que implica escuchar con atención y discernir "lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias" a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta" (DA 366)

Por eso como Iglesia Diocesana en este Tiempo de Asamblea que empezamos queremos tomar como modelo a Jesús Resucitado y escuchar las necesidades y angustias, las alegrías y esperanzas de los hombres y mujeres de hoy.

Bueno, amigos, les propongo que en este Adviento nos dispongamos con mayor firmeza en esta actitud de escucha. Que María nos acompañe en este tiempo litúrgico y en nuestra preparación a la Asamblea, que nos enseñe su actitud de profunda escucha a lo que va a suceder: el Nacimiento de Jesús en nuestra vida. Que Ella nos prepare para recibir a Dios esta Navidad,

Una fraterna bendición,
Jorge Casaretto, obispo de San Isidro

GUÍA DE TRABAJO

Tal como hicimos en otras cartas pastorales, nos vamos a ayudar con una guía de trabajo en nuestra reflexión personal y comunitaria. Este año la vamos a enfocar especialmente a nuestra preparación para la Asamblea Diocesana

1.Recorro mi vida, desde niño/a. ¿Cuáles son las personas por las que me he sentido verdaderamente escuchado/a? ¿Cómo eran esas personas? ¿Qué actitudes las llevaban a escuchar atentamente?

2.¿Sé escucharme y ordenar mis tiempos, mis deseos, mis afectos? ¿Cómo me doy cuenta?

3.¿Soy atento/a? ¿Puedo decir cuáles son en este momento las preocupaciones y las alegrías principales de las personas que viven conmigo? ¿y de la persona que trabaja o estudia a mi lado?

4.Preparando la Asamblea Diocesana, podemos preguntarnos: ¿Qué estamos necesitando qué Jesús escuche de nuestras comunidades, de nuestra realidad? ¿Qué venimos "conversando por el camino" sobre la realidad de nuestro barrio, país, Iglesia? De lo que venimos conversando en nuestras comunidades: ¿Cómo lo relacionamos con lo que nos propusimos en la última Asamblea Parroquial sobre todo en: Espiritualidad – Familia – Jóvenes- Acción Social, que fueron los cuatro desafíos pastorales que más surgieron de las 55 Asambleas Parroquiales realizadas en la diócesis?

5. Este Adviento, busco un momento para hacer oración frente al pesebre. Me quedo en silencio y trato de escuchar lo que Jesús quiere decirme este año con su Nacimiento.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Familia, cuna de la vida y del amor, espacio de humanización


La familia es la matriz de todos los significados espirituales de la existencia. Allí se aprenden los contenidos y los "sabores" de conceptos y actitudes espirituales como acogida, escucha, perdón, comunión, bendición, gratitud, don, sacrificio... Una interesante reflexión de Pascual Chávez Villanueva, Rector Mayor Salesiano Leer más

miércoles, 4 de junio de 2008

No nos dejes caer en la tentación




Hoy te pedimos que acompañes nuestro
caminar para que no caigamos en la tentación:
la tentación de sentimos superiores a nadie,
la tentación de querer tener de todo,
la tentación de saber de todo, de estar "a la última",
la tentación de acumular, de tener "por si acaso",
la tentación de que nos sobren cosas,
la tentación de defender nuestro prestigio con uñas y dientes,
la tentación de vivir únicamente centrados en nuestro propio ombligo,
la tentación de sestear la vida en vez de vivir la con intensidad e ilusión,
la tentación de dejarnos buscar esperando a que salgan a nuestro encuentro,
la tentación de dejar el mundo como está sin comprometernos en su transformación,
la tentación de no pedir favores para no sentirnos necesitados de los demás,
la tentación de no reutilizar lo propio y ajeno, para ser más austeros,
la tentación de las conversaciones triviales, de los ocios basura,
la tentación de no interesarnos por los otros con empatía y ternura,
la tentación de preocuparnos demasiado por las cosas, en vez de ocuparnos,
la tentación de vivir una vida sosa, rutinaria y mediocre, en vez de vivida a tu manera,
la tentación de no crecer, no madurar, no cambiar, no evolucionar,
la tentación de querer ser como todo el mundo, intentando agradar a todos,
la tentación de la superficialidad, de la trivialización, de la falta de espiritualidad,
la tentación del poder, del querer manipular, de controlar la vida de otros,
la tentación de no vivir la Vida en abundancia que tú nos ofreces,
la tentación del estrés, las prisas y el activismo
sin contemplar, sin rezar, sin descansar en ti,
la tentación de ser más Martas que Marías, más acción que contemplación,
la tentación de vivir sin ti, de olvidarte, de no incluirte en nuestro día...

Señor, vivimos como tú, tentados,
pero ayúdanos para que no caigamos en las tentaciones
o sepamos levantarnos y volver a empezar,
hasta que contigo lleguemos a la total liberación.

Delegación Diocesana de Pastoral de Juventud.Diócesis de Sevilla.

viernes, 4 de abril de 2008

Comunicación y escucha


Vivimos sumergidos en un mundo en donde las prisas y el vivir acelerado están dejando en último lugar nuestras simples necesidades de amor y compañía.

Hace unos días una señora me comentaba: “Cuanto me gustaría que alguien alguna vez me escuchara. No sabes lo feliz que sería si mi pareja o alguno de mis hijos o conocidos me escucharan de verdad.”

El comentario no dejó de sorprenderme, realmente merecemos que se nos preste atención, la misma que se merecen las personas que se nos acercan para decirnos algo.

Sin embargo nosotros mismos nos distraemos cuando tendríamos que estar atentos para captar los mensajes que los demás nos trasmiten, de manera que dejamos pasar la frase que justamente necesitamos escuchar y que bien podría ser la solución a uno de nuestros problemas.

Nuestra mente suele vagar de aquí para allá en busca de soluciones cuando quizás la solución está mas cerca de lo que creemos.

Nuestra mente posee la habilidad de vivir intensamente el presente, de absorber todas las respuestas de la vida en la que en este momento estamos inmersos. El sólo hecho de estar conscientemente en un lugar, plenamente atento a lo que se nos está diciendo es un estado de meditación, un ejercicio de la mente orientado hacia la comunión con el otro. Y escuchar al otro nos ofrece múltiples ventajas

Una de ellas es que nos permite anticiparnos al futuro escuchando en boca del otro la respuesta a nuestras inquietudes al mismo tiempo que suele producir un estado de claridad y paz interior.

A cada momento del día se nos está ofreciendo información, información clarificadora, y esa información a menudo viaja a través de las personas más cercanas a nosotros, es por ello que es necesario prestar atención, desplazar el eje de atención de nosotros mismos a los demás. Si pensamos exclusivamente en nosotros mismos perdemos la oportunidad de desarrollarnos.
Es por ello que creo que si deseamos obtener mayores logros debemos aprender a ser pacientes, pues la paciencia nos hace respetar el tiempo y su transcurso, además de convertirnos en personas maduras. aprender a ser tolerantes, pues la tolerancia nos permite apreciar la individualidad de los demás, y debemos aprender a ser dignos, puesto que la dignidad nos depara una participación más espontánea y generosa en las experiencias de la vida.

Hay un principio metafísico que dice que sea lo que sea lo que le hagamos a alguien, en realidad nos lo hacemos a nosotros mismos. Este principio apoya la regla dorada de "haz a los demás como quieres que te hagan a ti mismo". Olvidamos esto y cuando lo hacemos creamos un desequilibrio en nuestro propio ser.
Cuando dejamos de escuchar a los demás dejamos de escuchar nuestra voz interior. Cuando difamamos a alguien, hablamos mal de nuestro yo interior. Cuando hacemos tratos deshonestos con alguien, estamos engañando a nuestro yo interior.
Cuando abusamos, abandonamos o descuidamos a otra persona, lo estamos haciendo a nuestro yo interior. ¿Por qué? Porque estamos conectados por la Inteligencia Infinita. Esta unión crea una responsabilidad y una dependencia mutua entre las personas.
En el momento en que permitimos que nuestra mente crea que puede funcionar sin los demás, creamos el tipo de soledad, de depresión y de desconexión que le quitan todo valor y sentido a la vida.

Espiritualmente todos somos una misma familia. Somos padre, madre, hermano, hermana e hijo uno de otro. Como familia espiritual, somos inseparables. Al igual que en una familia tenemos nuestras diferencias, sin embargo podemos ser diferentes y seguir siendo una familia.

Mientras atravesamos el mar de la vida vemos muchas clases de peces. Peces de muchos tipos y colores, más grandes y mas pequeños, con funciones y hábitat diferentes, pero todos son peces. De la misma manera en nuestra vida nos cruzamos con infinidad de personas diferentes. Si conseguimos escuchar alguna de ellas podemos estar seguros de que nosotros también comenzaremos a ser plenamente escuchados.

Que la paz te acompañe en cada momento de tu vida.

Frederic Solergibert -Doctor en Filosofía
frederic@servisalud.com

lunes, 3 de marzo de 2008

La Palabra de Dios compartida en familia


De pequeños el ritual de la misa dominical en familia era infaltable. Y además, era un momento esperado. Recuerdo que hacíamos fila en la sala de estar para pasar para que nuestros padres, uno a uno, nos ayudaran a hacer el examen de conciencia cuando había que confesarse.

Uno de los días en los que durante la misa era fijo que teníamos risas de complicidad, era cuando tocaba la lectura a los Colosenses 3,12-21, que nos ofrece la liturgia en este domingo de la Sagrada Familia.


Elegíamos el sitio y casi nos pelábamos por estar al lado de nuestros padres: Cuando decía: “Mujeres, someteos a vuestros maridos, como conviene en el Señor.”… los codazos y risas iban a mi madre que reía, o a mi padre que le hacía gestos como diciéndole: “¡Escucha bien!

Llegado el turno del “ -Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo ama a la Iglesia, y no seáis ásperos con ellas”, Se repetía idéntico gesto, y en este caso era mi madre la que miraba a mi padre. Además nos reíamos mucho porque mi padre era de aquellos que, siendo muy afectivo, era muy poco demostrativo de sus sentimientos.

Pero cuando llegaba el mensaje a los hijos, nos escabullíamos cómo podíamos: “ Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor”. Ahí se repartían miradas a cada uno de los siete hermanos, y cada uno miraba para otro lado como si no fuera con uno.

Llegada la exhortación a los padres, en alguna ocasión, incluso, se suscitó un aplauso de todos los hermanos que estábamos muy metidos en la escena: “ Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.” Y tan a fuego nos quedaba guardado lo que “obligaba a nuestros padres” a “no exasperarnos”, que cada vez que nos mandaban algo que no nos gustaba, o cuando nos recriminaban por algo, no faltaba la sentencia infaltable en nuestros labios en la que apelábamos a la autoridad del apóstol Pablo: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos,…”

No sé qué lectura se haría hoy de la carta a los Colosenses, pero sí sé que vivida en complicidad con mis hermanos, fue un mensaje que me quedó muy grabado.

Cuando fuimos creciendo, recuerdo que en las “discusiones teológicas” familiares, mi padre apelaba fácilmente a que mi madre debía someterse”, y ella le recordaba: “Yo me someteré cuando tú me ames como Cristo ama a la Iglesia, y cuando seas cariñoso.La Palabra estaba presente, incluso en los momentos de humor y fiesta. Ella informaba nuestra vida, y hacía que la fe se viviera con mucha naturalidad; y lejos de crearnos traumas, o complejos, suscitaba en nosotros una complicidad que hacía que los “valores” que se nos querían transmitir, fueran impregnando nuestra vida de manera sencilla y sin demasiado ruido.

Han pasado muchos años, y siempre este día de la Sagrada Familia, me lleva cordialmente al recuerdo de la Familia en la que recibí el don de la fe, y en la que la Familia de Nazaret era todo un referente, y sobre todo era el espacio en el que Jesús ocupaba el centro de nuestras vidas, primero de niños y después de adolescentes.

Hoy, a muchos años de distancia, viviendo en profunda comunión con mis padres y hermanos, a pesar de tener el charco que nos separa físicamente, no puedo menos que recordar la lección y procurar, como en el seno de la familia en la que crecí: Amar a los hermanos y hermanas, respetar a todos, no exasperar a nadie…. Sin olvidarme de la primera lectura del Eclesiastés 3,2-6.12-14, que no me reprimo y la transcribo para que mi reflexión hoy sea completa.

“Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

¡Que paséis un feliz día de la Familia!


Fuente: Periodista Digital

Comentario editorial: aunque ya pasó un tiempo desde que se celebrara el día de la Sagrada Familia, me resultó interesante publicar este artículo de Sor Lucía Caram que expone muy sencillamente, la importancia de compartir la Palabra de Dios en familia

viernes, 28 de septiembre de 2007

Bienaventuranzas de la familia


Felices las familias que han descubierto que no es lo mismo esforzarse por formar un hogar, que, simplemente, preocuparse por construir una casa.

Felices las familias que se dan cuenta de que no es lo mismo dialogar en serio, poniéndose en el lugar del otro, que, meramente, contarse algo que pasa.

Felices las familias que saben que no es lo mismo compartir lo que se posee, que prestar alguna cosa o, de vez en cuando, "hacer beneficencia".

Felices las familias que han comprendido que no es lo mismo practicar una religión y dar cumplimiento a ciertos ritos, que vivir la fe y que esa fe sea vida.

Felices las familias que aprendieron a practicar la tolerancia cuando surgen las diferencias y ponen el amor por sobre todo; el amor que todo lo cree y todo lo perdona.

Felices las familias que confían en sus hijos, que honran a sus ancianos, que atienden a los más débiles y construyen, poco a poco, una sociedad mejor.

Felices las familias que son semilla de nuevas familias que seguirán peregrinando en el amor.


Jesús nace en una familia

Desde el momento en que elegimos comprometernos con el Proyecto de Dios, descubrimos a nuestra familia, a nuestros hermanos y hermanas en la fe, y a nuestra Madre María.

¿Qué significado tiene para nosotros hoy la familia? En familia es donde aprendemos a hablar, a caminar, a relacionarnos con los demás, conocemos las primeras reglas y nuestros propios límites, y también aprendemos lo que es el amor y la solidaridad fraterna.

Muchas veces, nos peleamos entre nosotros, con nuestros padres, con nuestros hermanos, porque las condiciones no están dadas como a nosotros nos hubiera gustado.

Jesús nace en una familia de gente humilde, como la mayoría del pueblo de su época, y las circunstancias en las que vino al mundo no son las que cualquiera de nosotros hubiera elegido. y sin embargo, como hombre, Jesús es capaz de sortear todos los obstáculos que fueron poniéndose en su camino.

Es perseguido por el poder, vive en el destierro y en la angustia. No tiene casa, ni lujos, se gana el pan trabajando con sus manos y se esfuerza por asegurar el pan verdadero para todos los hombres.
Jesús se hace hermano nuestro para que la Palabra de Dios tenga un sentido profundo de verdad, porque se solidariza con nosotros, porque ha vivido y sentido lo que quiere comunicar, porque ve lo que hay en el interior de los hombres.

Y viene a nacer en una familia con un padre como José, paciente, comprensivo, trabajador, desinteresado y una madre como María, bondadosa, capaz de ofrecer su vida .Como familia tenemos un modelo.

P. Aderico Dolzani, SSP