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domingo, 4 de mayo de 2008

La drogadicción juvenil, causas y razones

Causas y razones más profundas que llevan a tantos chicos a la drogadicción.

“Si nos dejamos ganar por la droga perdemos libertad y plenitud, porque toda adicción es una forma de esclavitud, lo contrario de la felicidad”, sintetiza monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú, Y agrega: “La ley cumple un papel punitivo y tiene también un valor de propuesta, de modelo. La despenalización podría conducir a una especie de justificación de las conductas adictivas. Otras cuestiones son cómo ayudar a los jóvenes a salir de la droga, y aprender a no tratar como delincuentes a quienes sufren el drama del consumo y la adicción. Pero la despenalización puede ser un gol en contra”.

-¿Qué lleva a los chicos y adolescentes hoy a la droga?

-Las ganas de “sentirse bien”, cuando no la desesperación por limitar el hambre y el frío en la calle. Chicos que deambulan por nuestras ciudades e inhalan pegamento; adolescentes que tratan de desinhibirse en el círculo vicioso del sábado por la noche, donde para ser aceptados o por temor a defraudar sexualmente mezclan alcohol, drogas y viagra. En algunas zonas urbanas y suburbanas es mayor el consumo de estimulantes sexuales en adolescentes que en gente adulta.

-Usted se ha referido al “paco” en más de una ocasión, inclusive en medios periodísticos.

-Es un tema gravísimo. Es la “droga-basura”, lo que sobra de la elaboración de la cocaína, lo que se barre del suelo, a lo que se le agregan otras cosas, lo más barato, lo más letal, y que hace estragos entre los chicos más pobres. Incluso no hay gasto de transporte, no implica traslado, se vende en las mismas “cocinas”. La Argentina tiene uno de los índices de consumo más altos de América Latina.

-Esto lleva a replantearse las complicidades que la droga implica.

-La complicidad existe y no es un fenómeno de ahora, sino que lleva años. Si la gente que camina las calles sabe dónde se vende droga, ¿cómo no lo van a saber las autoridades? Hay complicidad policial y política. La droga mueve mucho dinero. Mucha gente no quiere hacer denuncias porque cuando llegan las autoridades los implicados ya fueron advertidos. Un negocio que explica el fenómeno del lavado de dinero en el fútbol y el boom inmobiliario.

-¿Qué pueden hacer la Iglesia, o las Iglesias, las comunidades religiosas?

-El problema tiene diferentes niveles. Perseguir a las mafias es tarea del Estado. La droga, junto con el negocio de las armas y la trata de personas, es hoy uno de los grandes males del mundo. Las comunidades religiosas pueden colaborar en la prevención y en el acompañamiento en los grupos de recuperación, pero sobre todo en lo que hace al sentido mismo de la vida. Con cada joven que se decide a probar la droga somos muchos los que fracasamos: la familia, la escuela, la parroquia, el grupo juvenil... la sociedad toda. Lo que podemos ofrecer son espacios de contención y de diálogo. Muchos jóvenes van a la droga después de sufrir experiencias de profunda soledad e incomunicación. Los chicos reclaman. Tenemos que multiplicar y mejorar los espacios familiares, educativos y religiosos donde los chicos puedan expresarse, brindar sus relatos, decir lo que les pasa. No es fácil: muchos jóvenes no saben decir qué sienten, qué piensan, qué viven, necesitan que se los escuche largamente. Creo que en las familias uno de los momentos más importantes es cuando los chicos vuelven el domingo por la mañana después de haber pasado la noche con sus amigos. Encontrar lugares y momentos donde comunicar la angustia y la soledad. Necesitan, además, espacios de certeza. Hoy a los jóvenes no les dice nada el pasado y no vislumbran un futuro: viven en la angustia del presente sin horizontes. La falta de certezas se da en lo laboral, en el estudio, en lo afectivo. Tendríamos que hacerles saber que Dios nos ama, que la vida de ellos no es una molestia para nosotros, sino una alegría. Demostrarles que el amor es posible.

-¿Por qué insiste en que se debe encontrar el sentido de la vida?

-Porque en muchas experiencias de adicción aparece la vida como inseguridad, como miedo, como incapacidad de apertura, como angustia. La droga se presenta como un bastón ilusorio donde apoyarse. Recuerdo que Juan Pablo II decía que la droga aparece como un rayo en la noche, pero en una noche tormentosa. Y Benedicto XVI les decía a los jóvenes en Brasil que a lo que más se teme es a una vida sin sentido. La droga es sinónimo de muerte. Hay que apostar a la vida. Despertar grandes ideales y anhelos profundos, no aceptar la fragmentación de la existencia, no aceptar que todo lo afectivo se reduzca a relaciones emotivamente intensas pero fugaces, no aceptar como única verdad el día a día, como si careciéramos de historia y de proyección. El sentido de la vida tiene que ver con las relaciones verdaderas, con el tiempo y las fuerzas que estamos dispuestos a brindar a los demás. El sentido de la vida tenemos que ir descubriéndolo juntos, en un vínculo de amor recíproco.

Claves

Según monseñor Lozano:

-Es importante recuperar el sentido de la vida. En muchos adictos la vida aparece como inseguridad.

-El Estado debe combatir el fenómeno delictivo, hay complicidades policiales y políticas.

-Para ayudar se necesita el aporte de toda la sociedad.

martes, 7 de agosto de 2007

Familia: primer agente socializador


La familia es el primer y más importante agente de socialización. Es allí donde se aprenden las primeras normas de convivencia, se eligen los temas de conversación, la forma de responder a los requerimientos. También se aprende a construir los vínculos entre sus miembros y se adquieren expectativas en el ejercicio de los roles.

A medida que sus integrantes crecen, las relaciones entre ellos van cambiando, y los estilos y las pautas que resultaban útiles hasta ese momento dejan de serlo. Esto se observa cuando, al entrar en la adolescencia, comienzan algunos enfrentamientos con el mundo adulto que se focalizan en dos ejes: la necesidad de compartir los espacios comunes y la preservación de la individualidad.

El adolescente logra su autonomía y crecimiento en un movimiento de intercambios y experiencias entre ambas opciones. No siempre la familia es un refugio de amor, ni la familia unida otorga garantías para permitir ese pasaje a la etapa adulta con salud, aunque los más profundos sentimientos humanos tienen su origen en la familia, “los mejores: amor-compasión y los peores: agresión-violencia-incesto-asesinato" (UNICEF 1993).

Las familias transmiten también modelos de privilegio y de desigualdades sociales; por eso es conveniente que las acciones de prevención estén dirigidas a estos aspectos y que se extiendan a las familias que los propios jóvenes construyan en el futuro.

Para poder inaugurar nuevas historias será necesario superar o ayudar a superar ese círculo vicioso en el que están atrapados por la reproducción de los modelos. Debe tenerse en cuenta que las familias ensambladas -“los tuyos, los míos, los nuestros”- registran un paulatino aumento, calculándose que en un futuro próximo superarán en número a las tradicionales.

El concepto de familia deberá adaptarse a la nueva realidad de su constitución; también la familia con un solo adulto a cargo. Es probable que en los próximos años muchos de los adolescentes argentinos pasen esta etapa en tipos de familias diferentes a las tradicionales.

Para aplicar la metodología enunciada es necesario que las observaciones y preguntas cumplan la función de explicitar lo no manifiesto, o bien ratificar lo manifestado por el adolescente con el propósito de detectar los factores de riesgo.

La violencia ejercida sobre niños y adolescentes, sea ésta física, psíquica, verbal o gestual, provoca serias alteraciones en el crecimiento y desarrollo.

biopsicosocial, afectando de esta manera su salud y su calidad de vida presentes y futuras. La familia muestra, a la vez, sus límites como matriz continente y supervisora de la evolución de sus hijos. Esta situación se puede dar también en otros contextos, como las instituciones escolares o de minoridad.

La comunidad también desempeña un papel importante, debido a que tiene una misión protectora y solidaria, especialmente respecto de las poblaciones más vulnerables. Cuando ésta se desentiende, el problema se agrava.

Los adultos, profesionales o no, podemos detectar estas situaciones teniendo presentes las diferentes formas de violencia. Comprometerse con esta problemática significa la posibilidad de neutralizar a los agentes mal tratantes (victimarios), sean éstos intra familiares o extra familiares.

Debemos estar atentos al maltrato de niños y adolescentes, sea éste físico, psíquico, verbal ó gestual; si son víctimas de negligencia o abandono, abuso sexual y/o violación. Es importante conocer si presencian y conviven con violencia conyugal o violencia entre los adultos convivientes. Todas estas situaciones afectan seriamente su salud.

Es importante saber que los adultos tenemos incorporadas barreras culturales que nos impiden preguntar: ¿Cómo me voy a meter en lo que pasa en otra familia?¿Cómo le voy a preguntar esas cosas...? Sin embargo, si no vencemos esas barreras... ¡los niños seguirán siendo víctimas!

Los niños y adolescentes nos muestran a través de sus comportamientos, pedidos de ayuda. Escucharlos con atención y creerles nos da la posibilidad de convertirnos en personas confiables para ellos.

Fuente: Dr. Cándido Roldán Pediatra, especialista en Medicina de la Adolescencia.