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miércoles, 7 de octubre de 2009

Tolerancia: la ruta del encuentro


La tolerancia no es una simple e indiferente aceptación de las posturas ajenas,es un camino formado por el encuentro con los demás y el entendimiento real de sus opiniones

La angostura y pobreza de nuestros conceptos a menudo nos impiden ser flexibles en el diálogo y comprender a los demás. Con frecuencia en los debates públicos, por ejemplo, unos acusan de intolerantes a quienes consideran injustificables sus ideas o actitudes. «Tú eres dueño de sostener las ideas que desees, pero no intentes imponerlas a los demás». «Nadie te obliga a cambiar de opinión ni actitud. Pero es demasiado pretender convertir en exigencia pública lo que es una mera convicción o creencia privada».

Frases de este tipo se dicen a menudo como algo consabido e incuestionable. Por si fuera poco, a todo el que muestra entusiasmo al defender una convicción se le reprocha que pretende «imponerla» a otros de forma intolerante.

Sentir entusiasmo por algo significa que uno se ve muy enriquecido por ello y desea conservarlo como una fuente de plenitud y felicidad. Defenderlo no significa imponerlo, sino querer vivirlo y compartirlo con otras personas. Ese deseo no tiene carácter coactivo, sino participativo. Un valor no se impone nunca; atrae. Quien participa de algo valioso tiende naturalmente a sugerir a otros que se acerquen al área de imantación de tal valor. El resto lo hace el valor mismo, que, si tienen la sensibilidad adecuada, acaba atrayéndolos.

Quien se entusiasma con algo que juzga valioso y lo defiende tenazmente, sin duda está dispuesto a cambiar de opinión si alguien le convence con razones de que se trata de una ilusión falsa. Entusiasmarse no equivale a exaltarse. Si pienso que la vida humana merece un respeto incondicional, de forma que cualquier problema que se suscite por la vida naciente ha de ser resuelto sin ponerla en juego, y manifiesto esa convicción en privado o en público, no soy intolerante con quienes opinen de otro modo.

Cuándo es válido un punto de vista

Existen varias formas de tolerancia. En el plano fisiológico, tolerar indica que se soporta un dolor o una incomodidad, significa aguantar. En el trato personal hay también varias formas: pensemos por ejemplo en la relación de un padre con un hijo que pasa las noches fuera de casa y llega de madrugada; para evitar una confrontación lo tolera, transige.

Finalmente, en el terreno de las ideas y opiniones, cabe preguntarse si, para ser tolerante, hemos de aceptar todas las opiniones que puedan verterse en un debate. Hoy suele considerarse obvio e incontrovertible que toda opinión es digna de respeto y se tacha de intolerante a quien afirme lo contrario. ¿Es justo tal reproche?

Una opinión es respetable, honorable, digna de estima, si responde al papel de una persona en su comunidad. Al hablar, actuar, escuchar, escribir o realizar cualquier acción dirigida a los demás, debemos cuidar que nuestra actividad colabore a la edificación de la vida común. A menudo se dice que cada uno ve la realidad desde su propia perspectiva y aporta siempre un punto de vista peculiar, tan válido como el de cualquier otro –el llamado perspectivismo–. En un plano de la realidad esto es verdad, en otros no.

Si dos personas contemplan una sierra desde vertientes distintas, tendrán vistas diferentes y ninguna podrá considerarse la única aceptable y válida. Ambas obtendrán escorzos igualmente legítimos y fecundos en orden a un conocimiento completo de esa realidad.

Pero ascendamos a un modo de contemplación más complejo, por ejemplo, el estético. Aquí, las condiciones son más sutiles. Necesitamos una preparación adecuada para que nuestra experiencia estética sea auténtica.

Muchos podemos contemplar El entierro del Conde de Orgaz, la genial pintura del Greco. Las diferentes perspectivas serán justas, pero la visión estética del cuadro sólo vendrá de quien previamente haya cultivado su sensibilidad. ¿Por dónde empezar a contemplarlo? ¿Qué función artística ejercen el amarillo sulfuroso del manto de san Pedro y el azul del de María? ¿A qué responde que el artista acumule varias cabezas de caballeros castellanos por encima de la de san Agustín?

Los legos en estética no sabrán contestar estas preguntas. No cabe decir que cualquier forma de ver el cuadro es igualmente válida. Y no nos tacharían de intolerantes por sostenerlo.

Aunque en gustos no hay nada escrito, es cierto que el gusto necesita cultivarse. Si una persona formada estéticamente emite un juicio sobre una obra de arte, su opinión estará mejor fundamentada aunque contradiga la nuestra.

Por eso es justo no prestar oídos a quien, carente de toda sensibilidad estética, manifiesta aversión hacia una obra de calidad. Lo respetaremos, pero evitaremos dedicar tiempo a un juicio poco serio y mal fundamentado. Los distintos aspectos de la vida exigen cumplir determinadas exigencias, de lo contrario, no se logran ciertos objetivos en cuanto a conocer, sentir, amar y crear.

Para dialogar, lógicamente, deben cumplirse los requisitos de todo diálogo auténtico, distinto de dos monólogos alternantes. Si al hablar conmigo alguien me encuentra agresivo, impaciente, poco o nada acogedor, tendrá derecho a abandonar la conversación. No podré acusarle, por ello, de intolerante.

Sin embargo, hoy es frecuente oír: «esta es mi opinión, mi verdad, usted quédese con la suya». Con ello se da por supuesto que la verdad es relativa a cada sujeto porque depende de él. ¿Es esto aceptable? La creatividad artística arroja luces al respecto, veamos por qué.

Creatividad Colectiva

A solas, nadie puede ser creativo. Aun la persona mejor dotada del universo debe contar con realidades distintas y, en principio, externas, extrañas, ajenas. Al entrar en relación colaboradora con ellas, dejan de ser distantes, ajenas y extrañas para tornársele íntimas, sin dejar de ser distintas. Con ello se instaura un campo de juego entre nosotros, y surge el sentido y la belleza.

La belleza del Partenón se alumbra cuando una persona sensible a los valores artísticos entrevera su ámbito de vida con el de esa realidad. La belleza no se halla en la obra ni en el sujeto. Surge dinámicamente entre ambos cuando se da una donación mutua de posibilidades. La belleza debe ser considerada, por tanto, un fenómeno relacional, no relativista.

Quien no vive el arte de forma relacional no entra en el campo de juego donde se alumbra la belleza. Decirlo es constatar un hecho que responde a una ley del desarrollo humano, la ley de la dualidad: «Toda forma de creatividad humana es siempre relacional; requiere dos o más realidades que entren en colaboración».

La creatividad siempre es abierta, relacional, dialógica. No lo olvidemos, porque esa ley de la naturaleza nos da una clave para entender a fondo, lúcidamente, lo que es e implica la verdadera tolerancia.

La auténtica tolerancia no es mera permisividad; no implica indiferencia ante la verdad y los valores; no supone aceptar la verdad de cada uno ni su forma propia de pensar por el hecho de pertenecer a una generación u otra; no se reduce a afirmar que se respetan las opiniones ajenas, aunque no se les preste la menor atención.

Quien se proclama respetuoso con otra persona sin prestar la debida atención para descubrir la parte de verdad de su discurso es indiferente, no tolerante, que supone una actitud muy distinta: respetar al otro, estimarlo.

Separar el trigo de la paja

Para ser tolerantes debemos partir de una convicción decisiva: la inteligencia humana es portentosa, sobrecogedora, pero limitada. Dada su condición temporal, el ser humano no puede encontrar la verdad toda, aunque sí toda la verdad específica de algo. De modo semejante a como puedo encontrar en la calle a Juan, pero no a Juan con la diversidad de vertientes que implica. Cierto, cuando saludo a Juan veo toda su persona –no sólo sus manos o sus ojos–, pero no su persona en su trama entera de implicaciones. Necesito más de un encuentro para conocer los diversos aspectos de su personalidad.

No llegamos a la verdad de repente ni a solas, se requieren diversos contactos con cada realidad, en distintos momentos y lugares, necesitamos complementar nuestros esfuerzos y perspectivas. Tanto más, cuanto mayor sea la riqueza y complejidad de la realidad que deseamos conocer.

Con este convencimiento, no sólo aguantaré a quien defienda una posición distinta de la mía, sino que agradeceré que converse conmigo y pondré empeño en descubrir lo que pueda ofrecerme de valioso. Así, la discusión no degenerará nunca en disputa.

En la antigua Roma, discutir era mover el cedazo para separar el trigo de la paja. Disputar no es buscar la verdad, sino el propio enaltecimiento. En la auténtica discusión se concede al otro un espacio de libertad para moverse con holgura y mostrar la posible razón que le asiste.

En la disputa no se atiende a la posible validez de otras opiniones; se defiende la propia como cuestión de honor, con una fiereza que no es tenacidad sino terquedad. Por eso degenera rápidamente en fanatismo. Si quiero ser fiel a una doctrina o conducta y defenderla con entusiasmo, debo estar dispuesto a asumir lo que otras posiciones puedan encerrar de relevante para la vida de todos.

Para tolerar es decisivo comprender que el dominio y posesión sólo se dan en el plano de los objetos y los procesos fabriles, no en el de las realidades superobjetivas (ámbitos) –obras de arte, personas, instituciones, valores…–. En este nivel, las experiencias no son de tipo lineal, sino reversibles. El intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar por ella; no la domina ni es dominado por ella.

En las experiencias reversibles nadie domina, porque el dominio es muy pobre en cuanto a creatividad. Todos desean, más bien, configurar y ser configurados. Buscan tener autoridad, no simple mando. Esta es la actitud tolerante por excelencia. En un diálogo, el verdadero conversador no intenta dominar, sino perfeccionar su propia mente y actitud ante la vida exponiendo sus puntos de vista y acogiendo atentamente otras perspectivas distintas.

La cuestión decisiva será, en consecuencia, descubrir cómo convertir nuestra existencia en una trama de experiencias reversibles. Para lograr esta meta se requiere seguir un proceso formativo en cinco fases que esbozo a continuación.

5 fases del proceso formativo

1. Distinguir entre objetos y ámbitos. Una persona no es sólo su cuerpo. Es un centro de iniciativa; con deseos, ideas, sentimientos, proyectos; crea vínculos de todo orden; asume su destino; presenta una vertiente objetiva, corpórea, pero supera toda delimitación; abarca cierto campo en diversos aspectos: biológico, estético, ético, profesional, religioso… Es todo un «ámbito de vida» o, dicho con la filosofía actual, es un «ser-en-el-mundo» que para desarrollarse y ser creativo necesita las posibilidades que le ofrece el entorno.

Quien acepta la realidad como un gran campo de posibilidades donde ha de crecer como persona, se esfuerza por conceder a cada realidad todo su rango. Distingue, por ello, cuidadosamente los «objetos» y los «ámbitos». Objeto es una realidad mensurable, situable, ponderable, delimitable, asible… Un ámbito es una realidad que abarca cierto campo en diversos aspectos, capaz de ofrecer y recibir posibilidades.

Esta distinción es decisiva para comprender a fondo la vida humana y la educación en la tolerancia, porque los ámbitos hacen posibles las experiencias reversibles, entre las que descuellan las experiencias de encuentro.

2. Asumir la importancia de la creatividad. Las experiencias reversibles son muy importantes en la vida humana porque implican siempre alguna dosis de creatividad: el poeta troquela el lenguaje y el lenguaje nutre al poeta, el intérprete configura la obra musical y esta modela su actividad… El hombre madura como persona a medida que realiza más experiencias reversibles y menos experiencias lineales que van del sujeto al objeto y suponen que el primero se imponga a la realidad circundante.

Al estudiar a fondo estas experiencias se advierte la posibilidad de convertir lo distinto-distante en distinto-íntimo, y resolver el problema de conjugar la libertad y las normas, la autonomía y la heteronomía. Como cuando se memoriza una canción y se repite una y otra vez, fraseándola de modo diferente y cambiando el ritmo, hasta que se siente como una voz interior. La canción sigue siendo distinta, pero ya no es distante, ni externa, ni extraña. Constituye un impulso íntimo que sirve de norma de acción y de cauce a la libertad interpretativa.

Al hacerse cargo, íntimamente, de la importancia de las experiencias reversibles para la vida, se descubre la inagotable fecundidad de la forma relacional de pensar. La belleza de una canción o un poema no reside en el poema mismo (lo que sería una interpretación «objetivista»), ni en el sujeto que lo interpreta (interpretación «subjetivista» o «relativista»); brota en el acto de ser interpretados; es fruto, por tanto, de la interacción fecundadora de objeto y sujeto, vistos ambos como fuentes de posibilidades.

El pensamiento relacional no fija la atención en el objeto ni en el sujeto; mantiene la mirada en suspensión para verlos a ambos en la relación que los une y enriquece mutuamente.

Esta atención comprehensiva es capaz de ver como perfectamente lógicas ciertas características de nuestra vinculación a los demás que a menudo se consideran «paradójicas». Léase con atención el texto siguiente, escrito por un eminente psicólogo. Tras destacar tres pares de conceptos «paradójicos» (fuerza-debilidad, identidad-diferencias, singularidad-universalidad), escribe:

Te reconozco, acepto y respeto como un tú personal y por eso me siento «fuerte» para tolerarte, aun a riesgo de aparecer «débil», en ocasiones, ante los demás o ante ti; pero, a la vez, yo no puedo renunciar a que tú me reconozcas, me aceptes y me respetes como persona y me toleres-soportes igualmente. Y si yo te acepto en tus diferencias y singularidades, es porque me sitúo en un espacio de identidad humana y de valores universales, que las asumen-trascienden a la vez; pero entonces, aun en el caso de que tu intolerancia no lo reconociese, mi actitud tolerante es capaz de estar en permanente apertura en ese punto de encuentro humano, arquetípicamente «inmanente» y que «nos trasciende» a ambos.

3. Entreverar ámbitos. El fruto de las experiencias reversibles es el encuentro, acontecimiento que está en la base de todo proceso humano de desarrollo. El encuentro no viene dado por la mera vecindad física; supone un entreveramiento de dos realidades que no son meros objetos, sino ámbitos. Entreverarse significa ofrecerse mutuamente posibilidades de acción y enriquecerse.

Para realizar un auténtico encuentro deben cumplirse diversas condiciones: adoptar una actitud de generosidad, respeto y estima; abrirse al otro con actitud de disponibilidad, vibrar con él, es decir, mostrar auténtica simpatía; ser veraz, sincero, fiel, paciente, tenaz…; compartir ideales elevados.

Estas son también condiciones de la creatividad –toda forma humana de creatividad se da a través de algún tipo de encuentro–, por eso vale denominarlas virtudes: modos de comportarse que hacen posible y fácil crear encuentros, es decir, formas valiosas de unidad.

4. Rechazar el vértigo de la fascinación. El proceso que conduce al encuentro es llamado desde antiguo «éxtasis», ascenso a lo mejor de sí mismo. Este acontecimiento –el encuentro– puede ser anulado por la entrega al «vértigo», un proceso de fascinación que no exige nada al hombre, le promete todo y acaba quitándoselo todo. El vértigo de la ambición de poder y dominio parece garantizar una posición de supremacía y acaba asfixiando a quien se entrega a su embrujo.

5. Descubrir la riqueza. Quien sigue el proceso que lleva al encuentro va descubriendo por sí mismo la riqueza que encierran para su vida las distintas formas de unidad. Este descubrimiento le hace ver con toda sencillez la fecundidad que presenta una conducta ética recta, ajustada a las exigencias de la realidad.

Tal fecundidad se debe a los valores, que no son otra cosa más que posibilidades de actuar con pleno sentido. Y como los auténticos valores atraen, no procede imponer su realización, y tanto más cuanto más altos son. Con razón afirmó Tertuliano que «no es propio de la religión obligar a la religión».

Comprender a fondo este proceso constituye además un foco de luz para orientar rectamente la propia vida e interpretar qué ocurre en la sociedad contemporánea.

La tolerancia se da en el encuentro

La verdadera tolerancia implica una forma de encuentro. No es sólo aguantarse mutuamente para garantizar un mínimo de convivencia. Va más allá: intenta captar los valores positivos de la persona tolerada a fin de que ambas se enriquezcan.

Esta forma de entender la tolerancia sólo es posible si se ha cultivado el arte de jerarquizar debidamente los valores. Cuando se considera que el encuentro presenta un valor altísimo –porque permite al hombre alcanzar el ideal de la unidad– se está en disposición de dialogar con personas o grupos que sostienen ideas y conductas distintas, incluso extrañas a las propias.

El valor supremo, el que decide nuestra conducta, no viene dado en este caso por el carácter confiado de lo que nos es próximo y afín, sino por la capacidad de crear auténticas formas de encuentro y buscar la verdad en común. Esta búsqueda y ese encuentro exigen respeto, entendido positivamente como estima, aprecio del valor básico del otro, en cuanto persona, y de los valores que pueda albergar. Esa estima se traduce en colaboración, oferta de posibilidades en orden a un mayor desarrollo de la personalidad.

Quien de verdad es tolerante no es un espíritu blando que se pliega ante cualquier idea o conducta porque en el fondo no se compromete de verdad con ninguna. Es una persona entusiasmada con ciertos principios, orientaciones e ideales que defiende con vigor. Sabe que la vida es un certamen y compite con fuerza, pero acepta gustosamente al adversario y se esfuerza por verlo en toda su gama de implicaciones y matices.

Lo contrario de este modo de ver comprehensivo y respetuoso es el reduccionismo, que rebaja a las personas y grupos a algo poco relevante o incluso aversivo. Tal envilecimiento es el presupuesto para el ataque. Se dice que los boxeadores, antes del combate, no quieren oír nada relativo a la vida personal de su contrincante. Es comprensible: para atacar necesitan reducirlo a mero adversario, a obstáculo en el camino del triunfo.

Atenerse a la realidad

De aquí que cultivar el «pensamiento débil» –sin hondura ni la debida fundamentación–, aceptar el «relativismo cultural» –rehuir a compromisos firmes al pensar que todo punto de vista es igualmente válido–, fomentar el escepticismo –negar la posibilidad de alcanzar la verdad– y exaltar el subjetivismo –recluir al hombre a su soledad– no ponen las bases de una mayor tolerancia; al contrario, avivan la intolerancia y el dogmatismo.

Sólo si reconozco, con Gabriel Marcel, que «lo más profundo que hay en mí no procede de mí», y me esfuerzo por clarificar la verdad de cuanto me rodea y la mía propia, supero el ansia de dominar que inspira las diversas formas de opresión dictatorial.

Es muy peligroso para toda sociedad carecer de convicciones sólidas por falta de capacidad para ahondar en la realidad o de voluntad para hacerlo debido a ciertos prejuicios antimetafísicos o –como se dice hoy enfáticamente– «posmodernos». La única garantía de libertad interior para hombres y pueblos viene dada por la decisión de atenerse a la realidad que nos sostiene a todos.

Renunciar a la metafísica –al estudio de la realidad– es alejarse de nuestras raíces y quedar desvalidos ante el poder del más fuerte. Los castillos de bellas palabras acerca de la solidaridad y la tolerancia edificados por los partidarios de una vida intelectual «débil» se vendrán abajo con un simple golpe de astucia por parte de los prestidigitadores de conceptos. La actitud de tolerancia y solidaridad sólo puede ser estable cuando conocemos las exigencias de nuestra realidad personal y decidimos cumplirlas.

En esta línea se mueve el dirigente político y pensador Václav Havel cuando escribe: «No debería existir un abismo entre la política y la ética. (…) La tolerancia empieza a ser una debilidad cuando el hombre comienza a tolerar el mal».

Una sociedad que descuida la educación de las personas en la creatividad y los valores no puede ser tolerante. Este tipo de formación exige el previo cultivo de las tres cualidades básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud y profundidad. Bien entendida, la tolerancia implica madurez espiritual, y esta no se logra con el mero exigir unos «mínimos de convivencia».

Antídotos contra la manipulación

A este concepto de tolerancia –como voluntad de buscar la verdad en común– se opone la manipulación, que tiende a anular en las personas la capacidad de pensar por propia cuenta. Mientras que la tolerancia construye –al promover el poder de iniciativa de los demás en cuanto a pensar y decidir–, la manipulación destruye, porque juega con los conceptos y las palabras, lo tergiversa todo, siembra el desconcierto en las personas y las priva de libertad interior.

Para enfrentar con éxito la manipulación, debemos recurrir a tres medidas:

1. Estar alerta y saber qué es manipular, quién manipula, para qué y cómo lo hace.

2. Esforzarnos en pensar con rigor, utilizando el lenguaje de modo preciso.

3. Desarrollar nuestras posibilidades creativas en todos los órdenes: deportivo, ético, estético, profesional, religioso…

Necesariamente, estas tres medidas culminarán en un cambio de actitud ante la vida y, por tanto, en un cambio de ideal. El ideal del dominio y la posesión debe ser sustituido por el ideal de servicio.

Charles Chaplin, dotado de poderosa intuición, subraya la necesidad de superar la práctica ambiciosa de la manipulación mediante la adopción de una actitud tolerante.

Después de encarnar papeles antagónicos –un judío perseguido y «el gran dictador»–, el genial cineasta acaba convirtiendo al dictador en el portavoz de un mensaje de esperanza. No habla desde el rencor producido por los trágicos sucesos de los Doce Años. Se expresa desde ese lugar secreto donde habita lo mejor del ser humano, la capacidad de perdón, la preocupación por abrir a todos los pueblos vías de dignidad y felicidad.

«No pretendo gobernar ni conquistar a nadie –proclamó Chaplin–. Me gustaría ayudar, si fuera posible, a judíos y gentiles, negros y blancos». No reclama venganza contra los culpables del horror de los campos de exterminio. Pide unidad, unión en la lucha por «un mundo mejor en que los hombres estarán por encima de la codicia, del odio y de la brutalidad». Para ello debemos elevar el espíritu, situarnos en un nivel superior de pensamiento y de conducta.

Autor: Alfonso López Quintás Fuente: istmoenlinea.com.mx

viernes, 18 de septiembre de 2009

El valor de la fidelidad matrimonial


Autor: María Ángeles Almacellas

Entrevista al Dr. D. Alfonso López Quintás donde clarifica la idea de fidelidad matrimonial, la deslealtad y las crisis que sufren actualmente las instituciones a las que se debería tener fidelidad.

D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.

Pregunta: ¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?

Respuesta: A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y confusiones:

Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de "talismán": parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.

Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente.

Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera.

De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Ob-ligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.

P.-: Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?

R.-: La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien... están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.

P.-: Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia...

R.-: Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.

Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.

Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.

P.-: En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?

R.: En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.

P.-: ¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad?

R.-: Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.

Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro –nivel 2-. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.

P.-: Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente...

R.-: Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.

Fuente: El Periódico de México

miércoles, 29 de abril de 2009

Educación sexual, una cuestión de valores


La tasa de fecundidad adolescente precoz se triplicó en la Argentina en los últimos 40 años: más de 3 mil bebés nacen anualmente de chicas de entre 10 y 14 años y hay 900 mil madres niñas en todo el territorio nacional, según estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. Es decir, 3 de cada 20 argentinos son hijos de madres adolescentes. Leer más

miércoles, 1 de abril de 2009

Nuestros hijos nos miran


Comentario:

Nuestros hijos se guían más por lo que ven que por las palabras y discursos interminables que podamos decirles. La coherencia es un valor ausente en muchos ambientes y es necesario recuperarlo rápidamente.


martes, 20 de enero de 2009

La familia es el corazón de la sociedad

Buscando material interesante para publicar, que resumiera el espíritu del VI Encuentro Mundial de Familias realizado en México, me encontré con esta breve síntesis. Se trata de un trozo de la exposición del Señor Presidente de México y del Arzobispo de la Ciudad de México que recuerda el verdadero objetivo planteado en su momento por Juan Pablo II.

En otros videos pude apreciar reflexiones y exposiciones más circunscriptas a temas puntuales, quizá también se advierten en algunos discursos propuestas algo ideologizadas y también algunos con una fuerte impronta orientada a la acción hacia el interior de la Iglesia.

Todas las reflexiones son válidas pero ésta me dejó el sabor de la síntesis de lo que la familia está llamada a ser, un vehículo de socialización y de crecimiento en los valores humanos y en la fe que cada una profese. Por supuesto que, en oposición a algunas realizaciones en video vistas en You Tube, debo expresar mi pensamiento en cuanto a la Iglesia en sí misma y a la Pastoral Familiar.

Cuando la Iglesia habla, propone y exhorta, lo hace en primer lugar para los creyentes, lo hace desde el Evangelio; si no todas las creencias adhieren a sus consejos, es otro tema. Pero deberíamos entender medianamente que la Iglesia, más allá de algunos de sus referentes, no impone y no menoscaba la libertad que nos fue dada por Dios mismo, pero tiene el deber de expresar cuál es la fe de la Iglesia y lo que considera verdadero. El fundamento tenemos que buscarlo en Dios mismo y en el Espíritu Santo que hoy y siempre nos guia hacia la verdad que conoceremos en plenitud cuando estemos cara a cara.

En cuanto a la Pastoral Familiar, aún hay mucho por caminar, especialmente en algunos países en los cuales se la entiende casi exclusivamente como una acción de la Iglesia hacia dentro de sí misma, convocando a matrimonios para ser misioneros y propagadores de la misma y quizá impidiendo la participación de algunos agentes por no tener posibilidades en tiempo y recursos para estar siempre juntos realizando esa misión.

Si hubo avances en este tema, si hay novedades importantes para llevar a la práctica una Pastoral Familiar aggiornada y eficaz, es de desear que, quienes tuvieron la gracia y la oportunidad de concurrir a este Encuentro Mundial, sean obispos, sacerdotes o laicos, tengan la oportunidad - y la busquen - de propagarla, informando, no sólo a quienes están realizando una misión en la Pastoral Familiar sino a todas las demás áreas pastorales de cada Diócesis.

Una falencia que se advierte en Diócesis, Vicarías, Parroquias, es justamente ésta, la "novedad" queda circunscripta a los pocos que están presentes en las convocatorias (acotadas) que hacen los referentes, y lo que, por alguna razón no pudieron estar presentes porque no se enteraron de la convocatoria, porque no se difundió, porque se "eligió" a quienes se debía convocar, o porque las condiciones económicas hace que muchos queden al margen de toda la riqueza de estos encuentros.

Tuve la oportunidad de asistir al Congreso teológico pastoral en Río de Janeiro en 1997 y habiendo participado de estructuras eclesiales afines al tema, tengo que decir que se necesita más difusión, más información y más formación, en la línea expresada por los protagonistas del video precedente para aprender a ver, juzgar y actuar en todos los ambientes llevando a redescubrir la novedad, la belleza y la necesidad de la familia como base de la sociedad y de la Iglesia. En ésto tienen una gran responsabilidad los pocos o muchos argentinos que pudieron concurrir a México, instrumentos de difusión y comunicación hoy nos sobran.

Texto: María Inés Maceratesi
Agente de Pastoral Familiar
Instituto para el Matrimonio y la Familia
Factultad de Teología - UCA

domingo, 21 de diciembre de 2008

VI Encuentro Mundial de las Famillias. Catequesis preparatorias

Próximamente se realizará en México el VI Encuentro Mundial de las Familias, desde este Blog, también queremos participar haciendo difusión de las Catequesis preparatorias y un resumen del por qué y para qué de estos Encuentros. Cada Encuentro tiene un lema que lo identifica, en este caso es: "La familia, formadora en los valores humanos y cristianos"




Un poco de historia

El Pontificio Consejo para la Familia, fue instituido por Juan Pablo II con el Motu Proprio Familia a Deo Instituta en 1981, sustituyendo al Comité para la Familia, creado por Pablo VI en 1973.

A este Consejo le corresponde la promoción de la pastoral y del apostolado familiar, mediante la aplicación de las enseñanzas y orientaciones del Magisterio eclesiástico para ayudar a las familias cristianas a cumplir su misión educativa y apostólica.

El Pontificio Consejo promueve, coordina, anima y sostiene sostiene las iniciativas en defensa de la vida humana en todos las etapas de su existencia, desde la concepción hasta la muerte natural. En cuanto a la Pastoral Familiar, entre otros temas, difunde y promueve la formación teológica y la catequesis familiar, la espiritualidad matrimonial y familiar, los derechos del niño y la familia, la formación de laicos para la pastoral familiar y cursos de preparación al matrimonio.

También se ocupa de cuestiones que tienen que ver con la bioética y la legislación sobre el matrimonio, la familia y la protección de la vida humana. A partir de 1994, que fue conocido como el Año Internacional de la Familia, es responsable de la organización de los Encuentros Mundiales de las Familias que se llevan a cabo cada tres años, habiendo sido Roma, la sede del primer encuentro realizado en ese año, a los que siguieron los de Río de Janeiro en 1997, Roma 2000, realizado en el marco del Jubileo, Manila 2003, Valencia 2006 y próximamente México 2009.


Catequesis preparatorias para el VI Encuentro Mundial de las Familias
(México, D.F., 16-18 de enero de 2009)


«La familia, formadora en los valores humanos y cristianos»

TEMARIO

La familia, primera educadora de la fe
La familia, educadora de la verdad del hombre: el matrimonio y la familia
La familia, educadora de la dignidad y respeto de toda persona humana
La familia, trasmisora de las virtudes y valores humanos
La familia, abierta a Dios y al prójimo
La familia, formadora de la recta conciencia moral
La familia, primera experiencia de Iglesia
Colaboradores de la familia: la parroquia y la escuela
La familia y el modelo de la familia de Nazaret
La familia, destinataria y agente de la nueva evangelización

ESTRUCTURA DE CADA ASAMBLEA

Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura bíblica
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia
Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis primera:

La familia, primera educadora de la fe

Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura bíblica: Hech 16, 22-34
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. Dios quiere que todos los hombres conozcan y acepten su plan de salvación, revelado y realizado en Cristo (cf. 1 Tim 1,15-16). Dios habló de muchas maneras a nuestros padres (cf. Heb 1,1; todo el AT). Llegada la plenitud de los tiempos (cf. Gá 4,4) nos habló de modo pleno y definitivo en y por Cristo (cf. Heb 1,2-4): el Padre no tiene otra Palabra que darnos, porque nos dio la única y la última en Cristo.

2. La Iglesia ha recibido el mandato de anunciar a todos los hombres esta gran noticia: «Id al mundo entero y haced discípulos míos todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Los Apóstoles así lo entendieron y realizaron desde el día de Pentecostés, llenando con el anuncio de Cristo Muerto y Resucitado para nuestra salvación a Jerusalén (Hech cap.1-5) y a todo el mundo entonces conocido (cf. Libro de los Hechos y Cartas)

3. La familia cristiana, Iglesia doméstica, participa de esta misión. Más aún, la familia tiene como primeros y principales destinatarios de este anuncio misionero a sus hijos y familiares, como lo atestiguan las Cartas Pastorales paulinas y la praxis posterior. Los esposos santos y los padres cristianos de todos los tiempos así lo han vivido (padre de santa Teresa de Jesús, padre de santa Teresita del Niño Jesús; tantos padres de hoy). A la luz de la feliz experiencia de la Iglesia en las sociedades cristianas de Europa (cuando la familia realizó esta misión educadora con sus hijos) y a la luz también de las gravísimas repercusiones negativas que hoy se constatan (por el abandono o descuido de esta misión), es preciso que la familia vuelva a ser la primera educadora de la fe en esas naciones —hoy ya no cristianas de hecho—, en las que se está afianzando la fe y en las que se está implantando la Iglesia. El principal apostolado misionero de los padres tiene que acontecer en su misma familia, pues sería un desorden y un antitestimonio pretender evangelizar a otros, descuidando la evangelización de los nuestros. Los padres trasmiten la fe a sus hijos con el testimonio de su vida cristiana y con su palabra.

4. El núcleo central de esta educación en la fe es el anuncio gozoso y vibrante de Cristo, Muerto y Resucitado por nuestros pecados. En íntima conexión con este núcleo se encuentran las demás verdades contenidas en el Credo de los Apóstoles, los sacramentos y los mandamientos del decálogo. Las virtudes humanas y cristianas forman parte de la educación integral de la fe. (Este bagaje fundamental no se puede presuponer hoy casi nunca, ni siquiera en los países llamados «cristianos» y en los casos en los que los padres piden los sacramentos de la iniciación para sus hijos, dada la crasa ignorancia religiosa y la escasa práctica religiosa de los padres).

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis segunda:

La familia, educadora de la verdad del hombre: el matrimonio y la familia

Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura bíblica: Gén 1, 26-28
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. La principal cuestión que debe encarar hoy la familia en la educación cristiana de sus hijos no es religiosa sino principalmente antropológica: el relativismo radical ético-filosófico. Según él, no existe una verdad objetiva del hombre y, como consecuencia, tampoco sobre el matrimonio y sobre la familia. La misma diferencia sexual, intrínseca al aspecto biológico del varón y la mujer, no se fundamenta en la naturaleza sino que se considera un simple producto cultural, que cada uno puede cambiar según sus propias concepciones. Con ello se niega y se destruye la misma existencia de la institución matrimonial y de la familia.

2. El relativismo afirma también que no existe Dios ni la posibilidad de conocerlo (ateísmo y agnosticismo), y tampoco existen normas éticas y valores permanentes. Las únicas verdades son las que dimanan de las mayorías parlamentarias.

3. Ante esta realidad tan radical y condicionante, la familia tiene hoy la ineludible tarea de trasmitir a sus hijos la verdad del hombre. Como ya ocurrió en los primeros siglos, hoy es de capital importancia conocer y comprender la primera página del Génesis: existe un Dios personal y bueno, que ha creado al hombre y a la mujer con igual dignidad pero distintos y complementarios entre sí, y les ha dado la misión de engendrar hijos, mediante la unión indisoluble de ambos en «una caro» (matrimonio). Los textos que narran la creación del hombre, ponen de manifiesto que la pareja hombre y mujer son —según el designio de Dios— la primera expresión de la comunión de personas, pues Eva es creada semejante a Adán como aquella que, en su alteridad, lo completa (cf. Gén 2,18) para formar con él una «sola carne» (cf. Gén 2,24). Al mismo tiempo, ambos tienen la misión procreadora que los hace colaboradores del Creador (cf. Gén 1,28).

4. Esta verdad del hombre y del matrimonio ha sido conocida también por la recta razón humana. De hecho, todas las culturas han reconocido en sus costumbres y leyes que el matrimonio consiste sólo en la comunión de hombre y mujer, aunque, a veces, admitieran la poligamia o la poliginia. Las uniones de personas del mismo sexo han sido consideradas siempre ajenas a lo que es el matrimonio.

5. San Pablo ha descrito todo esto con trazos muy vigorosos en su carta a los Romanos, al describir la situación del paganismo de su época y el desorden moral en que había caído por no querer reconocer en la vida al Dios que había conocido con la razón (cf. Rom 1,18-32). Esta página neotestamentaria ha de ser bien conocida hoy por la familia, para no edificar su acción educadora sobre arenas movedizas. El desconocimiento de Dios lleva también a la ofuscación de la verdad sobre el hombre.

6. Los Padres de la Iglesia ofrecen doctrina abundante y son un buen ejemplo en el modo de proceder, pues tuvieron que explicar detenidamente la existencia de un Dios Creador y Providente, que ha creado el mundo, el hombre y el matrimonio como realidades buenas; y combatir los desórdenes morales del paganismo que afectaban al matrimonio y la familia.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis tercera:

La familia, educadora de la dignidad y respeto de toda persona humana

Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura bíblica: Jn 9, 1-11
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. La Iglesia ve en el hombre, en cada hombre, la imagen viva de Dios mismo; imagen que encuentra —y está llamada a descubrir cada vez más profundamente—, su plena razón de ser en el misterio de Cristo. Cristo nos revela a Dios en su verdad; pero, a la vez, manifiesta también el hombre al hombre. Este hombre ha recibido de Dios una incomparable e inalienable dignidad, pues ha sido creado a su imagen y semejanza y destinado a ser hijo adoptivo. Cristo, con su encarnación se ha unido, de alguna manera, con todo hombre.

2. Por haber sido hecho imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona: no es sólo algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de darse libremente y entrar en comunión con otras personas. Esta relación con Dios puede ser ignorada, olvidada o removida, pero jamás puede ser eliminada, porque la persona humana es un ser personal creado por Dios para relacionarse y vivir con Él.

3. El hombre y la mujer tienen la misma dignidad porque ambos son imagen de Dios y porque, además, se realizan profundamente a sí mismos reencontrándose como personas a través del don sincero de sí mismos. La mujer es complemento del hombre como el hombre lo es de la mujer. Mujer y hombre se complementan mutuamente, no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino también ontológico, pues sólo gracias a la dualidad de lo «masculino» y «femenino» se realiza plenamente «lo humano». Es la «unidad de los dos» la que permite a cada uno experimentar la relación interpersonal y recíproca. Además, sólo a esta «unidad de los dos» Dios le confía la obra de la procreación y la vida humana.

4. Toda la creación ha sido hecha para el hombre. En cambio, el hombre ha sido creado y amado por sí mismo. El hombre existe como un ser único e irrepetible. Es un ser inteligente y consciente, capaz de reflexionar sobre sí mismo y, por tanto, de tener conciencia de sí y de sus actos.

5. La dignidad de la persona humana —de toda persona humana— no depende de ninguna instancia humana, sino de su mismo ser, creado a imagen y semejanza de Dios. Nadie, por tanto, puede maltratar esa dignidad sin cometer una gravísima violación del orden querido por el Creador. Por lo mismo, una sociedad justa sólo puede realizarse en el respeto de la dignidad trascendente de la persona humana.

6. Las personas minusválidas, a pesar de sus limitaciones y los sufrimientos grabados en sus cuerpos y facultades, siguen siendo sujetos plenamente humanos, titulares de derechos y deberes, que nadie puede conculcar ni discriminar.

7. Los no nacidos son también personas desde el mismo momento de su concepción; y su vida no puede ser destruida por el aborto o la experimentación científica. Destruir la vida de un no nacido, que es completamente inocente, es un acto de suprema violencia y de gravísima responsabilidad ante Dios.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis cuarta:

La familia, trasmisora de los valores y virtudes humanas

Canto inicial

Oración del Padre Nuestro
Lectura bíblica; Jn 1, 43-51
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. La familia, nacida de la íntima comunión de vida y de amor conyugal fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, es el lugar primario de las relaciones interpersonales, el fundamento de la vida de las personas y el prototipo de toda organización social. Esta cuna de vida y amor es el lugar apropiado en que el hombre nace y crece, recibe las primeras nociones de la verdad y del bien donde aprende qué quiere decir amar y ser amado y, por consiguiente, qué quiere decir ser persona. La familia es la comunidad natural donde se tiene la primera experiencia y el primer aprendizaje de la socialidad humana, pues en ella no sólo se descubre la relación personal entre el «yo» y el «tú», sino que se da el paso al «nosotros». La entrega recíproca del hombre y de la mujer unidos en matrimonio, crea un ambiente de vida en el cual el niño puede desarrollar sus potencialidades, tomar conciencia de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible. En este clima de afecto natural que une a los miembros de la comunidad familiar cada persona debe ser reconocida y responsabilizada en su singularidad.

2. La familia educa al hombre según todas sus dimensiones hacia la plenitud de su dignidad. Es el ámbito más apropiado para la enseñanza y trasmisión de los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, que son esenciales para el desarrollo y bienestar tanto de sus propios miembros como de la sociedad. En efecto, es la primera escuela de las virtudes sociales, que necesitan todos los pueblos. La familia ayuda a que las personas desarrollen algunos valores fundamentales que son imprescindibles para formar ciudadanos libres, honestos y responsables; vg. la verdad, la justicia, la solidaridad, la ayuda al débil, el amor a los demás por sí mismos, la tolerancia, etcétera.

3. La familia es la mejor escuela para crear relaciones comunitarias y fraternas, frente a las actuales tendencias individualistas. En efecto, el amor —que es el alma de la familia en todas sus dimensiones— sólo es posible si hay entrega sincera de sí mismo a los demás. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender sino sólo regalar libre y recíprocamente. Gracias al amor, cada miembro de la familia es reconocido, aceptado y respetado en su dignidad. Del amor nacen relaciones vividas como entrega gratuita, y surgen relaciones desinteresadas y de solidaridad profunda. Como demuestra la experiencia, la familia construye cada día una red de relaciones interpersonales y educa para vivir en sociedad en un clima de respeto, justicia y verdadero diálogo.

4. La familia cristiana hace descubrir a los hijos que los abuelos y ancianos no son inútiles porque no sean productivos, ni gravosos porque necesiten el cuidado desinteresado y constante de sus hijos y nietos; pues enseña a las nuevas generaciones, que además de los valores económicos y funcionales, hay otros bienes: humanos, culturales, morales y sociales que son incluso superiores.

5. La familia ayuda a descubrir el valor social de los bienes que se poseen. Una mesa, en la que todos comparten los mismos alimentos, adaptados a la salud y edad de los miembros es un ejemplo, sencillo pero eficacísimo, para descubrir el sentido social de los bienes creados. El niño va incorporando así criterios y actitudes que le ayudarán más adelante en esa otra familia más amplia que es la sociedad.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis quinta:

La familia, abierta a Dios y al prójimo


Canto de entrada
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia: Ef 5, 25-33
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, para vivir y convivir con Él. Ni el ateísmo, ni el agnosticismo, ni la indiferencia religiosa son situaciones naturales del hombre ni pueden tampoco ser situaciones definitivas para una sociedad. Los hombres estamos re-ligados esencialmente a Dios, como una casa lo está respecto al arquitecto que la construyó. Las dolorosas consecuencias de nuestros pecados pueden oscurecer este horizonte, pero, más pronto o más tarde, añoramos la casa y el amor del Padre del Cielo. Nos ocurre como al hijo pródigo de la parábola: no dejó de ser hijo cuando marchó de la casa de su padre y, por eso, a pesar de todos sus extravíos, terminó sintiendo un anhelo irresistible de volver. De hecho, todos los hombres sienten siempre la nostalgia de Dios y tienen la misma experiencia que san Agustín, aunque no sean capaces de expresarla con la misma fuerza y belleza que él: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón no descansará, hasta que descanse en Ti» (Confesiones, 1,1).

2. Consciente de esta realidad, la familia cristiana sitúa a Dios en el horizonte de la vida de sus hijos desde los primeros momentos de su existencia consciente. Es un ambiente que ellos respiran e incorporan. Esto les ayuda a descubrir y acoger a Dios, a Jesucristo, al Espíritu Santo y a la Iglesia. Con plena coherencia, ya desde el primer momento de su nacimiento, los padres piden a la Iglesia el Bautismo para ellos y les llevan con gozo a recibir las aguas bautismales. Luego, les acompañan en la preparación a la Primera Comunión y a la Confirmación y les inscriben en la catequesis parroquial y buscan para ellos la escuela que mejor les eduque en la religión católica.

3. Sin embargo, la verdadera educación cristiana de los hijos no se limita a incluir a Dios entre las cosas importantes de su vida, sino que sitúa a Dios en el centro de esa vida, de modo que todas demás actividades y realidades: la inteligencia, el sentimiento, la libertad, el trabajo, el descanso, el dolor, la enfermedad, las alegrías, los bienes materiales, la cultura, en una palabra: todo, estén modelados y regidos por el amor a Dios. Los hijos tienen que habituarse a pensar antes de cada acción u omisión: «¿qué quiere Dios que haga o deje de hacer ahora?» Jesucristo confirmó la fe y convicción de los fieles de la Antigua Alianza, sobre el que consideraban como «el gran mandamiento», cuando respondió al doctor de la Ley que «el primer mandamiento es éste: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas» (cf. Mc 12,28; Lc 10,25; Mt 22,36s).

4. Esta educación en la centralidad del amor a Dios la realizan los padres, sobre todo, a través de las realidades de la vida diaria: rezando en familia en las comidas, fomentando en los hijos la gratitud a Dios por los dones recibidos, acudiendo a Él en los momentos de dolor en cualquiera de sus formas, participando en la misa dominical con ellos, acompañándoles a recibir el sacramento de la Reconciliación, etc.

5. La pregunta del doctor de Ley sólo incluía «cuál es el primer mandamiento». Pero Jesús, al responderle, añadió: el segundo es semejante a éste: «amarás al prójimo como a ti mismo». El amor, pues, al prójimo es «su mandamiento» y «el distintivo» de sus discípulos. Como concluía san Juan con fina psicología: «Si no amamos al prójimo a quien vemos ¿cómo vamos a amar a Dios a quien no vemos?» (1 Jn 4,20).

6. Los padres han de ayudar a sus hijos a descubrir al prójimo, especialmente al necesitado, y a realizar pequeños pero constantes servicios: compartir con sus hermanos los juguetes y regalos, ayudar a los que son más pequeños, dar limosna al pobre de la calle, visitar a los familiares enfermos, acompañar a los abuelos y prestarles pequeños servicios, aceptar a las personas haciéndoles pasar por alto y perdonar las pequeñas limitaciones y ofensas de cada día, etc. Estas cosas, repetidas una y otra vez, configuran la mentalidad y crean hábitos buenos, para afrontar la vida del « prejuicio» mediante el amor a los demás, y hacerles así capaces de crear una sociedad nueva.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis sexta:

La familia, formadora de la recta conciencia moral

Canto de entrada
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia: Ef 6, 1-17
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. El hombre actual está cada vez más persuadido de que la dignidad y vocación de la persona humana requiere que, guiado por la luz de su inteligencia, descubra los valores inscritos en su naturaleza, los desarrolle sin cesar y los realice en su vida, logrando así un progreso cada vez mayor. Ahora bien, en sus juicios sobre los valores morales, es decir, sobre lo que es bueno o malo y, por ello, sobre lo que debe hacer u omitir, no puede proceder según su personal arbitrio. El hombre, en lo más hondo de su conciencia, descubre la presencia de una ley que él no se dicta a sí mismo y a la que debe obedecer. Esta ley ha sido escrita por Dios en su corazón, de modo que, además de perfeccionarse con ella como persona, será esta ley por la que Dios le juzgará personalmente.

2. Por consiguiente, no existe verdadera promoción de la dignidad del hombre más que en el respeto del orden esencial de su naturaleza. Ciertamente, han cambiado y seguirán cambiando muchas condiciones concretas y muchas necesidades de la vida humana. Sin embargo, toda evolución de las costumbres y todo género de vida han de mantenerse dentro de los límites que imponen los principios inmutables fundados sobre los elementos constitutivos y sobre las relaciones esenciales de la vida humana; elementos y relaciones que están más allá de las contingencias históricas.

3. Estos principios fundamentales, comprensibles por la razón, están contenidos en la ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y amor. Dios hace partícipe al hombre de esta ley suya, de modo que el hombre pueda conocer más y más la verdad inmutable. Además, Cristo ha instituido a su Iglesia como columna y fundamento de la verdad y le ha dado la asistencia permanente del Espíritu Santo para que conserve sin error las verdades de orden moral e interprete auténticamente no sólo la ley positiva revelada sino también los principios morales que brotan de la misma naturaleza humana y que atañen al desarrollo y perfección del hombre.

4. Hoy son muchos los que sostienen que la norma de las acciones humanas particulares no se encuentra ni en la naturaleza humana, ni en la ley revelada, sino que la única ley absoluta e inmutable es el respeto a la dignidad humana. Más aún, el relativismo filosófico y moral niega que exista alguna verdad objetiva, tanto en el plano del ser como del actuar ético. Cada uno tendría su verdad, dado que cada uno interpreta las cosas y las conductas según su personal inteligencia y conciencia. La convivencia nos obligaría a una verdad admitida por todos, en virtud de un consenso que nos haga posible vivir en paz. Este es el fundamento de las leyes que salen de los Parlamentos democráticos. La Iglesia no tendría nada que decir y si lo hace invade un terreno que no le corresponde, amenazando peligrosamente el orden democrático.

5. Desde estas premisas se siguen dañinas consecuencias para la persona, la familia y la sociedad. Así se explica la justificación del aborto como un derecho de la mujer, los intentos de legalizar la eutanasia, el control de los nacimientos, las leyes cada vez más permisivas del divorcio, las relaciones extra-conyugales, etc. etc.

6. La familia cristiana tiene el grandísimo reto de formar en la verdad y en la rectitud la conciencia moral de los hijos, respetando escrupulosamente su dignidad y libertad, de modo que les ayude a formarse una conciencia recta sobre las grandes cuestiones de la vida humana: la adoración y respeto de Dios Creador y Salvador, el amor a los padres, el respeto a la vida, al propio cuerpo y al de los demás, el respeto de los bienes materiales y del honor del prójimo, la fraternidad entre todos los hombres, el destino universal de los bienes de la creación, la no discriminación por motivos religiosos, sociales o económicos, etc. Puntos firmes de esta enseñanza son los preceptos del Decálogo y las Bienaventuranzas.

7. Los padres deben educar hoy a sus hijos con confianza y valentía en estos valores esenciales, comenzando por el más radical de todos: la existencia de la verdad y la necesidad de buscarla y seguirla para realizarse como hombres. Otros valores claves hoy son el amor a la justicia y la educación sexual clara y delicada que lleve a una valoración personal del cuerpo y a superar la mentalidad y praxis que lo reduce a objeto de placer egoísta.

8. Condición fundamental de esta educación es crear en los hijos amor y sintonía hacia la Iglesia y, más en particular, hacia el Papa, los obispos y los sacerdotes; para que vean en ellos la preocupación de una madre buena que los quiere y sólo desea ayudarles a vivir de modo recto y digno en este mundo y gozar de la contemplación de Dios en la gloria.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis séptima:

La familia, primera experiencia de Iglesia

Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia: Hech 2, 36-47
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. La Iglesia —Pueblo de Dios, Cuerpo Místico de Cristo y Templo del Espíritu Santo —es signo e instrumento universal de salvación por el triple ministerio de la evangelización, la celebración y la vivencia de la caridad. Gracias al ministerio evangelizador, la Iglesia proclama la gran Buena Noticia de que «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1 Tim 2,4) y que para eso envió a su Hijo Único al mundo. Por el ministerio de los sacramentos de la iniciación, incorpora nuevos miembros, les robustece y alimenta; por los sacramentos de la sanación, les cura de sus pecados y les alivia en la enfermedad; por los sacramentos del Orden y del Matrimonio asegura y cuida eficazmente de sí misma y de la sociedad. Por la vivencia de la caridad, construye la fraternidad de los hijos de Dios y se hace fermento de la sociedad humana.

2. La familia es la primera experiencia de Iglesia que vive una persona, pues en ella la persona tiene una primera y elemental iniciación a la fe, recibe los primeros sacramentos y tiene la primera experiencia de la caridad.

3. En efecto, nada más nacer, los padres llevan a bautizar a sus hijos y se comprometen a educarles de modo que puedan recibir la Confirmación y la Primera Comunión, iniciándoles así en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Cuando apenas son capaces de entender algo, les enseñan las primeras oraciones, bendicen con ellos la mesa, usan signos religiosos, y les inician en los primeros rudimentos del amor a la Virgen. Cuando ya son capaces de comprender mejor, leen con ellos la Palabra de Dios y se la explican de una manera sencilla y asequible. Y les son especialmente cercanos y participes en el momento en que asumen las responsabilidades de su vocación personal, como la elección matrimonial o sacerdotal, religiosa o celibataria en medio del mundo. Desde el mismo momento de su nacimiento, les muestran un inmenso cariño y una constante dedicación, sobre todo, cuando están enfermos o tienen alguna malformación o deficiencia física o psíquica.

4. Una experiencia particularmente intensa de Iglesia en familia acontece cuando padres e hijos participan en la Misa del domingo. En ella, al reunirse con otras familias y otros hermanos en la fe, escuchan la Palabra de Dios, rezan por las necesidades de todos los necesitados y se alimentan de Cristo inmolado por nosotros. La fe crece y se desarrolla con estas experiencias tan hermosas que dan sentido a la vida ordinaria, infunden paz en el corazón.

5. En familia se viven también experiencias especiales de la Iglesia en su dimensión apostólica en algunos momentos particulares, vg: el Día de la Santa Infancia, el Domund, la Campaña del Hambre, la ayuda países subdesarrollados o azotados por grandes calamidades, terremotos, ciclones, , etc.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis octava:

Colaboradores de la familia: la parroquia y la escuela

Canto de entrada
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia: Lc 6, 6-11
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. La educación cristiana busca, ciertamente, la madurez de la persona humana; pero busca, sobre todo, que los bautizados se hagan cada día más conscientes del don recibido de la fe; aprendan a adorar a Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), sobre todo, en la acción litúrgica; se formen para vivir según el «hombre nuevo» en justicia y santidad de verdad (cf. Ef 4,22-23) y así lleguen al hombre perfecto en la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13) y contribuyan al crecimiento del Cuerpo Místico; se acostumbren a dar testimonio de la esperanza que hay en ellos (cf. 1Pe 3,15) y contribuyan eficazmente a la configuración cristiana del mundo (cf. Gravissimum educationis, 2).

2. Los padres, al dar la vida a sus hijos, asumen la gravísima obligación de educarles y, a la vez, reciben el derecho de ser sus primeros y principales educadores. A ellos corresponde, por tanto, formar un ambiente familiar animado por el amor, la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integral de los hijos. Por ello, la familia es —como ya se ha dicho en las catequesis anteriores— la primera escuela de las virtudes sociales que todas las sociedades necesitan, el espacio donde los hijos aprenden desde los primeros años a conocer y adorar a Dios y amar al prójimo, el ámbito donde se tiene la primera experiencia de la sociedad humana y de la Iglesia, y el medio más eficaz para introducir a los hijos en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. La trascendencia de la familia cristiana es, pues, realmente extraordinaria para la vida y el progreso de la Iglesia; tanto que, cuando falta, es muy difícil suplirla.

3. Pero la familia no se basta a sí misma para realizar su misión sino que necesita la ayuda del Estado. Es obligación de la sociedad civil tutelar los derechos y deberes de los padres y de los demás que intervienen en la educación, colaborar con ellos, completar —cuando no es suficiente el esfuerzo de los padres y de otras sociedades— la obra de la educación según el principio de subsidiariedad y atendiendo los deseos de los padres, y crear escuelas e institutos propios según lo exija el bien común. El Estado, por tanto, lejos de ser antagonista o entrar en conflicto con los padres, debe ser su mejor aliado y colaborador, aportando todo y sólo lo que los padres no pueden aportar y hacerlo en la dirección que indiquen los padres. Esta colaboración leal y eficaz ha de darse también en los profesores de todos los centros de educación, sean privados o públicos. De esta colaboración saldrán beneficiados los hijos, en primer lugar; pero también la misma sociedad y la escuela, porque esos hijos serán mañana mejores ciudadanos y muchos de ellos harán verdaderas aportaciones al progreso de la escuela.

4. La familia necesita también de la parroquia. Los padres, en efecto, realizan la educación en la fe, sobre todo, por el testimonio de su vida cristiana, especialmente por la experiencia de amor incondicional con que aman a los hijos y por el amor profundo que éstos se tienen entre sí; lo cual es un signo vivo del amor de Dios Padre. Además, según su capacidad, están llamados a dar una instrucción religiosa, generalmente de carácter ocasional o no sistemática; la cual llevan a cabo descubriendo la presencia del misterio de Cristo Salvador del mundo en los acontecimientos de la vida familiar, en las fiestas del año litúrgico, en la actividad que los niños realizan en la escuela, en la parroquia y en las agrupaciones, etcétera. Sin embargo, necesita la ayuda de la parroquia, porque la vida de fe va madurando en los hijos en la medida en que se va incorporando, de una manera consciente, en la vida concreta del Pueblo de Dios, lo cual acontece sobre todo en la parroquia. Es ahí donde el niño y el adolescente, primero, y luego el adulto, celebra y se alimenta con los sacramentos, participa en la Liturgia y se integra en una comunidad dinámica de caridad y apostolado. Por eso, la parroquia ha de ponerse siempre al servicio de los padres —no a la inversa—, especialmente en los sacramentos de la Iniciación cristiana.

5. Familia, escuela y parroquia son tres realidades que quedan integradas y conjuntadas por la educación que deben recibir los hijos. Cuanto mayor sea la mutua colaboración e intercambio, y más afectuosas sean las relaciones, tanto más eficaz será la educación de los hijos.


Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis novena:

La familia y el modelo de la familia de Nazaret

Canto de entrada
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia: Lc 2, 41-52
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. Las noticias que nos han trasmitido los Evangelios sobre la familia de Nazaret son escasas, pero muy ilustrativas.

2. Es una familia constituida sobre la base del matrimonio entre José y María. Ellos estuvieron realmente casados, como señalan san Mateo y san Lucas; y vivieron así hasta el fallecimiento de José. Jesús era hijo verdadero de María. San José no era padre natural —porque no lo engendró— ni adoptivo, sino putativo, es decir: era considerado por los vecinos de Nazaret como padre de Jesús, debido a que la gente ignoraba el misterio de la Encarnación y a que José estaba casado con María. Esta realidad tiene hoy gran importancia, debido a las legislaciones civiles y a la cultura ambiental, tan favorables a las uniones de hecho, a las meramente civiles, a otras formas, al divorcio, etc. La familia de Nazaret se presenta hoy como ejemplo de pareja formada por un hombre y una mujer, unida por amor de una forma permanente y con una dimensión pública.

3. La familia de Nazaret vivió como una familia más de ese pueblo. Es decir, de una manera sencilla, humilde, pobre, trabajadora, amante de las tradiciones culturales y religiosas de su nación, profundamente religiosa y alejada de los centros del poder religioso y civil. Un viajero que visitara Nazaret y desconociera los hechos que conocemos nosotros, no encontraría ningún detalle que distinguiese a la sagrada familia del resto de las familias: ni en la vivienda que usaban, ni en el modo de vestir, ni en la comida, ni en la presencia en los actos religiosos que se celebraban en la sinagoga, ni en nada. Dios nos ha querido revelar que la vida corriente y de cada día es el lugar donde Él nos espera para que le amemos y realicemos su proyecto sobre nosotros. El secreto es vivir «esa» vida con el mismo amor y constancia que la sagrada Familia.

4. Los Evangelios de la infancia no dilucidan la profesión que ejerció san José: herrero, carpintero, artesano, ... En cambio, señalan claramente que era un trabajador manual y que se ganaba la vida trabajando. María se dedicaba, como todas las mujeres casadas, a moler y cocer el pan de cada día, atender las labores domésticas del hogar y prestar pequeños servicios a los demás. De Jesús no dicen nada, pero dejan suponer que ayudaba a María y, más tarde, a san José en sus trabajos manuales. La familia de Nazaret vivió lo que hoy llamamos «el evangelio del trabajo»; es decir: el trabajo como realidad maravillosa que da una participación en la obra creadora de Dios, que sirve para sacar adelante la propia familia y ayudar a los demás, y para santificarse y santificar por medio de él. También en esto es un modelo perfecto para la familia actual. Muchas siguen viviendo igual que ella y otras, pese al trabajo de la mujer fuera del hogar y a la tecnificación de las tareas domésticas sigue siendo fundamentalmente igual.

5. La familia de Nazaret era una familia israelita profundamente creyente y practicante. Al igual que hacía el resto de familias piadosas, rezaban siempre en cada comida, iban cada semana a escuchar la lectura y explicación del Antiguo Testamento en la sinagoga, subían a Jerusalén para celebrar la fiestas de peregrinación, como la Pascua y Pentecostés, rezaban tres veces al día el famoso credo hebraico «Escucha Israel».

De este modo, también hoy, la bendición de la mesa a la hora de las comidas, la participación semanal en la misa del domingo y la lectura de la Sagrada Escritura siguen siendo fundamentales para que la familia cristiana realice su misión educadora.

6. La vida de la familia de Nazaret estaba totalmente centrada en Dios: Dios lo era todo para ella. Cuando todavía eran novios, José se fió de Dios, cuando le reveló por medio del ángel que la gravidez de María era obra del Espíritu Santo. De casados, María y José tuvieron que oír del hijo al que acababan de encontrar, tras días de angustiosa búsqueda, estas palabras: «Por qué me buscabais. ¿No sabías que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). Ellos no lo entendieron, pero lo aceptaron y trataron de encontrar su sentido. María, por su parte, no se derrumbo en la fe cuando vio a su hijo clavado en la cruz como un criminal e insultado por los jefes del pueblo. La familia cristiana, cuya vida es siempre un cuadro de luces y sombras, encuentra la paz y la alegría cuando sabe ver a Dios en ello, aunque no acierte a comprenderlo.

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Catequesis décima:

La familia, destinataria y agente de la nueva evangelización

Canto de entrada
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia: Hech 18, 23-28
Lectura de la Enseñanza de la Iglesia

1. «La futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica» (Discurso de Juan Pablo II a la III Asamblea general de obispos de América Latina, 1979). Más aún, la familia es el corazón de la Nueva Evangelización (cf. Discurso de Juan Pablo II a los Obispos de África encargados de la pastoral familiar, 1992). La historia de la Iglesia lo confirma desde sus orígenes. Un caso típico es el de san Agustín, convertido por la gracia de Dios implorada con las lágrimas abundantes de su madre, santa Mónica. La familia realiza «su misión de anunciar el evangelio, principalmente mediante la educación de los hijos» (EV 92).

2. La misión evangelizadora de la familia está radicada en el Bautismo y recibe una nueva forma con la gracia sacramental del matrimonio.

3. La tarea evangelizadora de la familia cristiana se hace especialmente necesaria y urgente en los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso impedir la educación en la fe, o donde ha crecido la incredulidad o ha penetrado el secularismo hasta el punto de hacer de hecho imposible una verdadera práctica religiosa. Esa geografía se encuentra principalmente en los países comunistas y ex comunistas y en los países del llamado primer mundo. La Iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis sobre las verdades más fundamentales.

4. La familia tiene un modo específico de evangelizar, hecho no de grandes discursos o lecciones teóricas, sino mediante el amor cotidiano, la sencillez, la concreción y el testimonio diario. Con esta pedagogía trasmite los valores más importantes del Evangelio. Mediante este método, la fe penetra como por ósmosis, de una manera tan imperceptible pero tan real, que incluso convierte a la familia en el primero y mejor seminario de vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al celibato en medio del mundo.

5. El servicio de los cónyuges y padres cristianos a favor del Evangelio es esencialmente un servicio eclesial. Es decir, está enraizado y derivado de la única misión de la Iglesia y está orientado a la edificación del Cuerpo de Cristo. Por eso, el ministerio de evangelización de la familia ha de estar en comunión y armonizarse responsablemente con los servicios de evangelización y catequesis de la diócesis y de la parroquia.

6. Este carácter eclesial requiere que la misión evangelizadora de la familia cristiana posea una dimensión misionera y católica, en plena conformidad con el mandato universalista de Cristo: «Id por todo el mundo y predicad e Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15) Por eso, incluso es posible que algunos padres se sientan urgidos a llevar el Evangelio de Cristo «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), como ocurrió en las primeras comunidades cristianas. En cualquier caso, dentro del mismo ámbito familiar debe realizarse una actividad misionera, anunciando el Evangelio a los familiares no creyentes y alejados o respecto a las familias que no viven con coherencia el matrimonio.

7. La familia cristiana se hace comunidad evangelizadora en la medida en que acoge el Evangelio y madura en la fe. «Igual la Iglesia, la familia debe ser un espacio donde el Evangelio es trasmitido y desde donde éste se irradia. Dentro, pues, de una familia consciente de esta misión, todos los miembros evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden, a su vez, recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido...Una familia así se hace evangelizadora de otras familias y del ambiente en que vive» (EN 71).

Reflexión del que dirige
Diálogo
Compromisos
Oración comunitaria
Oración por la familia
Canto final

Fuentes:

— Vaticano II: Constituciones Lumen gentium y Gaudium et spes; declaración Gravissimum educationis

— Pablo VI: Humanae vitae

— Juan Pablo II: Familiaris consortio; Gratissimam sane; Evangelium Vitae

— Benedicto XVI: Varios discursos alusivos a la familia

— Catecismo de la Iglesia Católica

— Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia


Nota: esta información ha sido extraída del sitio oficial del Vaticano: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/family/index_sp.htm

lunes, 25 de febrero de 2008

La importancia de educar en valores


Los niños deben aprender a diferenciar lo bueno de lo malo y sus padres ayudarlos a desarrollar una conciencia moral

La familia es la primera escuela de la vida, y es en la misma que los padres intentan transmitir a sus hijos, a través de un ambiente de amor, los valores que creen forman a una persona buena, íntegra, coherente y capaz de estar en sociedad.

El dilema se presenta en el cómo lograr este objetivo tan amplio. David Isaacs expresa en su libro La educación de las virtudes humanas: "Creo que a todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, etcétera. Pero existe mucha diferencia entre un deseo difuso que queda reflejado en la palabra ojalá y un resultado deseado y previsto, y alcanzable. Si la formación de los hijos en las virtudes humanas va a ser algo operativo, los padres tendrán que poner intencionalidad en su desarrollo. Para ello hace falta estar convencido de su importancia. Hay que aprovechar la cotidianidad de la vida en familia, pero se necesita aumentar la intencionalidad respecto del desarrollo y reflexionar sobre dos aspectos: la intensidad con la que se vive y rectitud de los motivos al vivirla".

María Lourdes Majdalani, máster en Educación, directora del Centro para el Desarrollo Moral de Fundación Majdalani ( www.fundacionmajdalani.org ), explica cómo padres y docentes pueden fortalecer el desarrollo moral de los niños.

-¿Cómo podemos hacer los padres para educar en valores?

-Es muy importante el trabajo de los adultos (padres, educadores o cuidadores), que interactúan en la cotidianidad de la vida del niño.

Para que el niño desarrolle valores debemos lograr que conozca el bien, ame el bien y haga el bien. O sea que entienda los valores, que adhiera afectiva y emocionalmente a los mismos y que fundamentalmente los manifieste en acciones. El secreto es que los adultos fomenten hábitos operativos buenos en los niños, lo cual ayudará a que adhieran afectivamente al valor.

Es importante tener en cuenta que el niño generalmente comienza por hacer pequeñas acciones en favor de los demás. Sólo cuando su pensamiento madure entenderá el concepto que encierra cada valor moral.

-¿La familia es la primera escuela de valores?

-Sí, y la consigna es vivir los valores que se promulgan.

Es importante que el hijo vea que los adultos hacen lo que dicen. Si en casa llaman al padre por teléfono y él le dice a su hijo que conteste que no está, eso marca una conducta ambivalente. Si el padre dice la verdad, trata con respeto a todo el mundo, desde el barrendero al presidente, no tira papeles en la calle, es respetuoso de las leyes, es más sencillo que el hijo entienda el mensaje.

- Parece inalcanzable ser el padre perfecto.

-No idealicemos, el niño necesita padres fuertes, pero también humanos. Padres que se equivocan, que pueden pedir perdón o que tienen días malos. Podría pasar que un día el padre dijera "hoy no puedo, pero mañana sí". Y entonces al día siguiente ese padre debe cumplir con su promesa, porque si no se convierte en alguien no confiable. Es importante tener en claro también el valor de los límites. El límite cuida. El mensaje del límite es: "Constantemente te estoy cuidando, queriendo, estoy con vos".

-¿Qué aspectos debemos tener en claro en el día a día?

-Tanto en la escuela como en la casa, las reglas deben tener un sentido, y detrás de cada regla debe haber un valor que la haga consistente. Es muy diferente pedirle a un hijo que ordene su cuarto porque va a ser más fácil encontrar los juguetes, a dar la orden sin explicaciones. El niño asimilará el valor del orden porque la regla tiene algo que la sostiene. Prima así un orden social independientemente de lo que cada uno desee. A esto se le llama disciplina moral, que se traduce en reglas determinadas.

-¿Cuáles son los errores por revertir en la educación de hoy?

-Nunca debemos rotular a la persona, la conducta es mejorable, la persona no. El verbo ser tiene mucho peso? ¿por qué no cambiamos el "qué egoísta que sos" por "¿podrías ser más generosa?", tratando de rescatar el valor. Si toda la persona es mala, ¿qué espacio se le da para reparar? Esto sucede mucho en la escuela, cuando se etiqueta a los niños con mala conducta. El mensaje debería ser: "Vos valés igual, podés cambiar esta acción".

Por otro lado, cuando emitimos juicios sobre el comportamiento de los niños, debemos hacerlo siempre basados en la intención y no en el resultado de los actos. Muchas veces los niños juzgan por los resultados concretos, por eso es importante hacerles ver la intención.

Asimismo, las penitencias deberían ser la consecuencia de la acción del hijo y no la consecuencia del enojo del padre. Si el niño rompe algo, debe colaborar en la reparación y no quedarse un mes sin tele. Así se educa en la autonomía moral.

-¿Qué es el desarrollo moral?

El desarrollo moral es el proceso por el cual el niño logra hacer carne determinados hábitos o virtudes. En este proceso es fundamental el rol de la conciencia moral, aquella voz interior que nos indica lo que está bien y lo que está mal. La conciencia moral es parte del área cognitiva, pero está teñida de emoción. Por eso se vale de emociones morales como la culpa o el orgullo que le van indicando el rumbo. Si siento culpa, puede ser que sea porque hice algo mal.

Al principio, la conciencia moral es muy rudimentaria y por momentos desproporcionada ante nuestras acciones. Un niño puede sentir culpa por acciones que realizó sin intención de lastimar. Con el tiempo, la conciencia moral se va desarrollando y afinándose cada vez más.

Experiencia en escuelas de Malargüe
El programa de la Fundación Majdalani Educación en valores en la escuela trabaja desde el nivel inicial a lo largo de toda la escolaridad. Los docentes cumplen un papel fundamental en la implementación y cada escuela analiza los valores que necesita su comunidad. En Malargüe, Mendoza, el programa es de interés provincial y municipal, y de carácter obligatorio. También se trabaja con los padres, como complemento del proyecto.

La directora de Educación de la Municipalidad de Malargüe, Verónica Bunsters, dice: "La aplicación de ese programa incidió directamente en la vida de las familias de toda la comunidad. El haber sistematizado la educación en valores desde la escuela permitió fortalecer la acción educadora de la familia, que estuvo presente apoyando la iniciativa. En el proyecto participaron 2800 niños de 4 a 8 años que recibieron capacitación específica y tuvieron la responsabilidad de adaptar el material a la realidad de cada sala, de la mano de Lula, Uhupz, Caracol Lito, Diógenes y Dino, los títeres que le pusieron voz al proyecto".

Actitudes positivas

Ponerse en el lugar del otro.
Ser padre Contenedor, Modelo y Mentor
Focalizar sobre los juicios positivos.
Darle importancia del problema del otro, a su escala
No descalificar lo que le pasa al otro. Validar su experiencia: le da mucha confianza.
Generar el encuentro verdadero, una mirada el abrazo, un cuento, complicidad.
Salir del propio punto de vista.
Comprender al niño sin emitir juicios de valor.
Atender a gestos y actitudes además de las palabras.
Ayudar al niño a que nombre sus emociones.
Dar atención y disciplina positiva: brindar apoyo en forma que resulte reconocido por el niño.
Dedicar tiempo para hablar de las normas y valores, y por qué son importantes.
Aprovechar los disparadores, por ejemplo, en la TV, aunque creamos que son malos ejemplos, si el padre está cerca apoyando, hace la diferencia.
Entrevista: Florencia Saguier para "La Nación"
Foto: "La Nación"