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miércoles, 4 de agosto de 2010

Día del Párroco a la luz de Aparecida


El Documento de Aparecida nos dice que los Párrocos son esencialmente animadores de una comunidad de discípulos misioneros. El tan difícil momento que nos toca vivir, con grandes desafíos, crisis de valores y de identidad, los Párrocos tienen una misión sumamente difícil pero a la vez apasionante como es, adaptar la parroquia para que siga siendo un lugar de encuentro para todos Leer más

Foto: En el día del Párroco, un testigo verdadero discípulo misionero de Jesucristo: Padre José María Di Paola (Padre Pepe), Párroco de la Villa 21, integrante del Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia, luchador incansable contra la droga y la pobreza.

jueves, 16 de julio de 2009

II Jornadas de Familia y Bioética

“Cuando lo académico se hace pastoral”

Bajo este lema se desarrollarán las II Jornadas de Familia y Bioética organizadas por la Vicaría Centro de la Arquidiócesis de Buenos Aires. Tendrán lugar en la parroquia Nuestra Señora del Carmen y sus destinatarios son: sacerdotes, comunidades religiosas, docentes, profesionales de la salud y toda persona que quiera comprometerse con una pastoral para la vida.
Se realizarán los viernes de 17:00 a 19:00 hs durante diez encuentros, dándose comienzo a las mismas el viernes 7 de agosto. Más información aquí

martes, 20 de enero de 2009

La familia es el corazón de la sociedad

Buscando material interesante para publicar, que resumiera el espíritu del VI Encuentro Mundial de Familias realizado en México, me encontré con esta breve síntesis. Se trata de un trozo de la exposición del Señor Presidente de México y del Arzobispo de la Ciudad de México que recuerda el verdadero objetivo planteado en su momento por Juan Pablo II.

En otros videos pude apreciar reflexiones y exposiciones más circunscriptas a temas puntuales, quizá también se advierten en algunos discursos propuestas algo ideologizadas y también algunos con una fuerte impronta orientada a la acción hacia el interior de la Iglesia.

Todas las reflexiones son válidas pero ésta me dejó el sabor de la síntesis de lo que la familia está llamada a ser, un vehículo de socialización y de crecimiento en los valores humanos y en la fe que cada una profese. Por supuesto que, en oposición a algunas realizaciones en video vistas en You Tube, debo expresar mi pensamiento en cuanto a la Iglesia en sí misma y a la Pastoral Familiar.

Cuando la Iglesia habla, propone y exhorta, lo hace en primer lugar para los creyentes, lo hace desde el Evangelio; si no todas las creencias adhieren a sus consejos, es otro tema. Pero deberíamos entender medianamente que la Iglesia, más allá de algunos de sus referentes, no impone y no menoscaba la libertad que nos fue dada por Dios mismo, pero tiene el deber de expresar cuál es la fe de la Iglesia y lo que considera verdadero. El fundamento tenemos que buscarlo en Dios mismo y en el Espíritu Santo que hoy y siempre nos guia hacia la verdad que conoceremos en plenitud cuando estemos cara a cara.

En cuanto a la Pastoral Familiar, aún hay mucho por caminar, especialmente en algunos países en los cuales se la entiende casi exclusivamente como una acción de la Iglesia hacia dentro de sí misma, convocando a matrimonios para ser misioneros y propagadores de la misma y quizá impidiendo la participación de algunos agentes por no tener posibilidades en tiempo y recursos para estar siempre juntos realizando esa misión.

Si hubo avances en este tema, si hay novedades importantes para llevar a la práctica una Pastoral Familiar aggiornada y eficaz, es de desear que, quienes tuvieron la gracia y la oportunidad de concurrir a este Encuentro Mundial, sean obispos, sacerdotes o laicos, tengan la oportunidad - y la busquen - de propagarla, informando, no sólo a quienes están realizando una misión en la Pastoral Familiar sino a todas las demás áreas pastorales de cada Diócesis.

Una falencia que se advierte en Diócesis, Vicarías, Parroquias, es justamente ésta, la "novedad" queda circunscripta a los pocos que están presentes en las convocatorias (acotadas) que hacen los referentes, y lo que, por alguna razón no pudieron estar presentes porque no se enteraron de la convocatoria, porque no se difundió, porque se "eligió" a quienes se debía convocar, o porque las condiciones económicas hace que muchos queden al margen de toda la riqueza de estos encuentros.

Tuve la oportunidad de asistir al Congreso teológico pastoral en Río de Janeiro en 1997 y habiendo participado de estructuras eclesiales afines al tema, tengo que decir que se necesita más difusión, más información y más formación, en la línea expresada por los protagonistas del video precedente para aprender a ver, juzgar y actuar en todos los ambientes llevando a redescubrir la novedad, la belleza y la necesidad de la familia como base de la sociedad y de la Iglesia. En ésto tienen una gran responsabilidad los pocos o muchos argentinos que pudieron concurrir a México, instrumentos de difusión y comunicación hoy nos sobran.

Texto: María Inés Maceratesi
Agente de Pastoral Familiar
Instituto para el Matrimonio y la Familia
Factultad de Teología - UCA

lunes, 28 de julio de 2008

A cuarenta años de la "Humanae Vitae"


Como es bien conocido, la encíclica redactada por Paulo VI, aborda la cuestión de la transmisión de la vida y el problema de la natalidad. Tiene tres capítulos: el primero, dedicado a describir lo que el Papa denomina “un nuevo estado de cosas”; el segundo, desarrolla los principios doctrinales; y el tercero, presenta directivas pastorales.

Nuevo estado de cosas: En el primer capítulo, entre los temas que configuran la nueva situación se encuentran el problema demográfico, las condiciones de trabajo, vivienda y la vida económica y su influencia en la educación y crianza de los hijos, la valoración de la mujer y las adquisiciones científicas que controlan las leyes mismas de transmisión de la vida (HV 2). El Papa recuerda la competencia del Magisterio de la Iglesia para interpretar la ley moral natural y menciona el antecedente de los trabajos de la Comisión especial de estudio instituida por Juan XXIII en 1963.

Aspectos unitivo y procreativo del acto conyugal: El segundo capítulo, sobre los principios doctrinales, analiza la esencia y características del amor conyugal (humano, total, fiel y exclusivo y fecundo) y se detiene en la cuestión de la paternidad responsable. Luego, ante la problemática ética que plantean los nuevos métodos de regulación de la fertilidad, el Papa señala la importancia de respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial y reafirma “la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (HV 12).

Vías ilícitas para la regulación de nacimientos: Desarrolla luego las consecuencias que se derivan de los principios antes desarrollados y presenta las vías ilícitas para la regulación de los nacimientos, entre las que menciona “el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas” y “la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer”. Aclara que no se pueden justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos con el argumento del “mal menor” y, además, que es “un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda” (HV 14).

Licitud del recurso a los periodos infecundos: Entra luego a considerar la diferencia entre el recurso a los períodos infecundos y los métodos de regulación artificial de la natalidad. Al respecto, sienta la doctrina que acepta la licitud del recurso a los períodos infecundos: “si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar” (HV 16). Aclara que “la Iglesia es coherente consigo misma” pues “entre este recurso [a los períodos infecundos] y los medios directamente contrarios a la fecundación, que siempre son ilícitos”, “existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales” (HV 16).

Graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad: Para ayudar a comprender la “consistencia de la doctrina de la Iglesia”, Pablo VI invita a los “hombres rectos” a considerar las consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad. Aquí es donde la encíclica revela su carácter profético y donde la experiencia de estos años ha demostrado que las graves denuncias que señalaba el Papa se han cumplido. En efecto, entre tales consecuencias señalaba “el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad”.

También señalaba el riesgo de que se pierda “el respeto a la mujer” y que ella pase a ser considerada “como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada”. Advertía también que estos métodos se podrían convertir en un “arma peligrosa” “en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales”.

“¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz?”

La experiencia de estos 40 años nos permite constatar el carácter profético de la denuncia de Pablo VI. En efecto, hemos asistido al lanzamiento en todo el mundo y especialmente en los países más pobres a programas de salud reproductiva que han significado nuevas y sutiles formas de control de la población y de violación de los derechos de la persona y la familia.

Vale pues recordar que Pablo VI advertía que “en tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal” (HV 17).

Por ello, exhortaba el Papa: “sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principios antes recordados y según la recta inteligencia del "principio de totalidad" ilustrado por nuestro predecesor Pío XII” (HV 17).

La Iglesia, garante de los valores humanos: Finalmente, esta segunda parte de la Encíclica termina con una reafirmación de la importancia de la misión de la Iglesia, garantía de los auténticos valores humanos. Decía el Papa: “Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, "a participar como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" (HV 18).

Directivas pastorales: El tercer capítulo de la encíclica está dedicado a dar precisas directivas pastorales con la finalidad de que la Iglesia, “Madre y Maestra”, pueda confortar a los hombres en el camino de una “honesta regulación de la natalidad, aun en medio de las difíciles condiciones que hoy afligen a las familias y a los pueblos”. Estas directivas incluyen un llamamiento a las autoridades públicas, a los hombres de ciencia, a los esposos cristianos, a los médicos y al personal sanitario, a los sacerdotes y los Obispos.

El Llamamiento final: la encíclica finaliza con un llamamiento a una gran obra de educación, de progreso y de amor sabiendo “que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor”.

Fuente: Movimiento Fundar

lunes, 2 de junio de 2008

Pastoral Familiar, una pastoral de base


Qué es la Pastoral Familiar

La pastoral familiar es fundamentalmente una pastoral de base porque la familia merece y necesita ser acompañada y/o asistida en el ugar donde se encuentra y vive.

Desde "Navega mar adentro", la propuesta se basa en lo siguiente:

1.Para navegar mar adentro es necesario un cambio de mentalidad.
2.El navegar mar adentro no es simplemente un suceso sino el comienzo de un proceso.
3. La necesidad de plantear un nuevo enfoque de la Pastoral Familiar teniendo en cuenta la realidad de las familias de hoy.

Las propuestas de acción pastoral para la familia se orientan hacia:

a) El acompañamiento
b) La prevención
c) La atención o intervención.

Dentro de un Proyecto de Pastoral Orgánica Familiar

La Pastoral Orgánica Familiar se centra en UN SOLO PROYECTO PASTORAL ya que todo el recorrido de la vida del hombre y la mujer y su dimensión matrimonial y familiar está cubierto, con mayor o menor intensidad de acuerdo a las necesidades que deben ser satisfechas.

Algunas acciones de acompañamiento pastoral incluyen:

Protección de la vida por nacer
Acompañamiento a la mujer en Centros de Orientación y Apoyo.
Acompañamiento durante el embarazo en Centros de Acogida a la Vida
Preparación para el Bautismo
Relación Familia-Escuela: espacios de reflexión y capacitación.
Formación y acompañamiento de los matrimonios
Capacitación y formación de agentes pastorales
Poner a toda la parroquia en clave de familia, lo cual lleva tiempo de preparación y reuniones.
Centros de Orientación Familiar, para la atención de la familia en situación de crisis.
Preparación Catequesis para la Primera Comunión y Confirmación
Catequesis Familiar.
Centros de Apoyo Escolar,
Recreación y atención integral de los niños más desprotegidos de la comunidad.
Defensorías Integrales de Derechos del Niño, Adolescente y Familia.

Acompañamiento de los adolescentes:

Acciones integradas de Prevención y Atención de las adicciones y enfermedades de transmisión sexual (ETS).
Preparación próxima e inmediata para el matrimonio
Proyecto de Vida y Educación para el Amor.
Acompañamiento de padres con hijos
Grupos de adultos mayores.

Para tener en cuenta:

No se puede llegar a las parroquias con proyectos elaborados desde arriba sin tomar en consideración la realidad en que dichas comunidades parroquiales viven. En los proyectos pastorales …”todos deben participar, no solamente en la implementación sino también en su celebración, planificación y evaluación” (NMA 75)

La Parroquia se multiplica en comunidades de reflexión, evangelización y formación, Comunidades unidas y comunicadas en red para el acompañamiento de la familia en todo su itinerario de vida.

Para meditar:

“ ... renovar las comunidades eclesiales y estructuras pastorales para encontrar los cauces de la trasmisión de la fe en Cristo como fuente de una vida plena y digna para todos, para que la fe , la esperanza y el amor renueven la existencia de las personas y transformen la cultura de los pueblos”

"En la promoción de la dignidad humana se confirma la opción preferencial por los pobres y excluidos...se reconocen nuevos rostros de los pobres ( desempleados, migrantes, enfermos, etc); y se promueve la justicia y la solidaridad internacional”

"Se promueve una cultura del amor en el matrimonio y la familia, y una cultura del respeto a la vida en la sociedad; al mismo tiempo se desea acompañar pastoralmente a las personas en sus diversas condiciones de niños, jóvenes y adultos mayores... el compromiso político de los laicos por una ciudadanía plena en la sociedad democrática, la solidaridad con los pueblos indígenas y afro-descendientes, y una acción evangelizadora que señale caminos de reconciliación, fraternidad e integración entre nuestros pueblos, para formar una comunidad regional de naciones en América Latina y El Caribe"

jueves, 3 de abril de 2008

Pedido de Benedicto XVI a los salesianos en favor de la Pastoral Familiar



Abrir la pastoral juvenil a la pastoral familiar, pide el Papa a los salesianos
Que celebran en Roma su 26º Capítulo General


CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 31marzo 2008 (
ZENIT.org).- Como la familia debe tener un papel activo en la educación de los jóvenes, es necesario abrir la pastoral juvenil a la pastoral familiar, advierte el Papa a los salesianos.

Punto de partida es la urgencia de «alimentar en el corazón de cada salesiano» la «pasión apostólica», apuntó Benedicto XVI al recibir este lunes en audiencia a los participantes -que representan a los casi 16 mil salesianos activos en 129 países-- del 29º Capítulo General que la Congregación fundada por San Juan Bosco está celebrando en Roma.

La gran cita salesiana se centra en el lema de su fundador, «Da mihi animas, cetera tolle» («Dame almas, quítame todo lo demás»), «síntesis de un modelo de acción pastoral» cuyo horizonte «es el primado absoluto del amor de Dios» que «plasma personalidades ardientes, deseosas de contribuir a la misión de Cristo», trazó el Santo Padre.

Junto a este ardor, «otra característica del modelo salesiano es la conciencia del valor inestimable de las "almas"», una «pasión apostólica» que «es urgente alimentar también hoy» en el corazón de cada miembro de la Congregación, señala.

Así, el salesiano «tendrá el corazón abierto para identificar las nuevas necesidades de los jóvenes y a escuchar su petición de ayuda» --apunta--, especialmente de «los más pobres material y espiritualmente».

El Papa exhorta a los salesianos a ayudar «ante todo a los jóvenes a conocer y amar» a Jesucristo, «a dejarse fascinar por Él, a cultivar el compromiso evangelizador, a querer hacer el bien a los propios coetáneos, a ser apóstoles de otros jóvenes».

De ahí su petición a la Congregación: «Que vuestro empeño sea formar laicos con corazón apostólico, invitando a todos a caminar en la santidad de vida que hace madurar discípulos valientes y auténticos apóstoles».

Benedicto XVI es consciente de que estos desafíos afrontan un contexto de «gran emergencia educativa», cuyo «aspecto más grave» es «la sensación de desaliento que se apodera de muchos educadores, en especial de padres y profesores».

De ello alertó en su reciente carta (http://www.zenit.org/article-26166?l=spanish) a la diócesis de Roma, que entregó idealmente también a los salesianos, a quienes este lunes reitera: «En la raíz de la crisis de la educación existe de hecho una crisis de confianza en la vida, que en el fondo no es sino desconfianza en el Dios que nos ha llamado a la vida».

En cualquier caso, «en la educación de los jóvenes es extremadamente importante que la familia sea un sujeto activo» --insiste el Papa--, si bien tantas veces «es incapaz de ofrecer su aportación específica» o incluso está «ausente» en esta tarea.

Por ello, «la predilección y el compromiso» típicamente salesianos «a favor de los jóvenes» «deben traducirse un empeño igual por la implicación y formación de las familias», pide el Santo Padre.

«Por lo tanto vuestra pastoral juvenil debe abrirse decididamente a la pastoral familiar» --indica a los religiosos--, seguros de que la dedicación a las familias no resta esfuerzo por los jóvenes, sino que lo hace «más duradero y más eficaz».

Estos retos señalan asimismo la necesidad de que la Congregación salesiana asegure especialmente «una sólida formación» que haga de sus miembros personas «de fe sólida y profunda, de preparación cultural actualizada, de genuina sensibilidad humana y fuerte sentido pastoral», sintetiza Benedicto XVI.


Por Marta Lago


Comentario Editorial sobre esta noticia:

Benedicto XVI como también en su momento Juan Pablo II y Paulo VI, reconocen el valor y la importancia de la familia, tanto para la Iglesia como para el mundo.

Lamentablemente,por el funcionamiento de las estructuras eclesiales, he comprobado personalmente que lo que se trabaja y pide en las bases, llega hasta las altas autoridades de la Iglesia institucíonal pero, cuando vuelven a bajar en forma de consejos y recomendaciones, difícilmente sean escuchadas por quienes se encuentran en los estadios intermedios, llámese algunos obispos, algunos sacerdotes, algunos laicos y, entre los sacerdotes especialmente, entre aquéllos que son párrocos y tienen una pequeña o grande porción del Pueblo de Dios a su cargo.

Es una empresa muy difícil convencer a los párrocos de la necesidad de una Pastoral Familiar y de una Pastoral Social que, a mi entender son dos ramas básicas de una pastoral orgánica.

Hoy el Papa les pide a los salesianos que se ocupen de la formación de las familias y para ésto hay un plan perfecto que es el plan de Dios, el Evangelio y toda la novedad que nos presenta.

La Pastoral Familiar no sería difícil de implementar si no fuera por el excesivo egoísmo de algunos laicos y algunos curas que quieren imponer sus ideas y hacer lo que sea para llenar espacios, sin reflexión, sin el necesario momento de compartir con un equipo lo que nos está pidiendo el Señor.

Este nuevo pedido del Papa, ojalá fuera escuchado y puesto en práctica por aquéllos a los que está dirigido y permitan a muchos laicos debidamente formados y preparados, realizar trabajos con familias: talleres, grupos de reflexión, atención de situaciones concretas a partir de Consultorías Familiares, trabajo con Adultos Mayores, con Escuelas, etc.

Y también que permitieran desarrollar una Pastoral Social en la que la mayor parte de las familias tendrían una via de misión hacia la sociedad toda, que está pasando, en muchos países y en la Argentina mucho más, tantas situaciones de desigualdad y exclusión de niños, jóvenes y adultos que ya no saben a quien ni a dónde ir.

“Ven y verás” (Jn 1, 39), Así decía Jesús a quienes tenían la inquietud de conocerlo. Los que aceptaban ir, acababan quedándose con Él.

No importa el número, no importa nada, sólo que vengan algunos y sean el fermento para aumentar y hacer crecer el Reino de Dios.No vale la excusa de decir que no vale la pena hacer nada en una parroquia porque no va a ir nadie, la parroquia, como nos dice el documento de Aparecida, es el lugar para alimentarse y celebrar pero, la misión concreta está en las periferias, en la calle, en el barrio, en la escuela, en el trabajo, simplemente...en la VIDA!!!

Les pediría a muchos párrocos que nos dejen experimentar ideas nuevas y creativas, que no pongan palos en la rueda, que todo es posible, lo que ellos ven como necesario y prioritario pero también lo que los laicos vemos.

Me gratifica saber que el cuerpo de Cristo es uno pero los miembros muchos y cada uno es necesario y tiene una misión particular que, sumada a la de los demás, la hará comunitaria.

Pongámos como tarea ser ¡Comunicadores de Vida!, en nuestra familia en primer lugar, ayudando y uniéndono a otras familias que nos ayuden a pensar, a solucionar algún problema concreto, a redescubrir la fe, y tantas cosas más que puede lograr el Espíritu Santo cuando se le deja libre y no se ahogan los dones y carismas que nos regala. Hagamos lo que dijo e hizo Don Bosco, ayudar a formar buenos cristianos y honrados ciudadanos, desde nuestro lugar, familia y/o ámbitos variados donde nos movemos.

Por: María Inés Maceratesi

viernes, 8 de febrero de 2008

Parroquia y familia, centros evangelizadores



Como nos dice Puebla, la parroquia y la familia son “centros evangelizadores de comunión y participación”.

“Veamos cómo el don maravilloso de la vida nueva se realiza de modo excelente en cada Iglesia particular y también, de manera creciente en la familia, en pequeñas comunidades y en las parroquias. Desde estos centros de evangelización, el Pueblo de Dios en la Historia, por el dinamismo del Espíritu y la participación de los cristianos, va creciendo en gracia y santidad. En su seno surgen carismas y servicios”.

En la familia y en la parroquia la persona está en el centro de la vida, de la cultura y de la fe, y lo está, precisamente, en su dimensión comunitaria. Contra los “centros del poder” ideológicos, financieros y políticos, nosotros ponemos la esperanza en estos centros del amor, evangelizadores, cálidos y solidarios, participativos.

En esta centralidad nos queremos detener. La de ambas instituciones es la centralidad de un espacio siempre abierto a la gracia, un espacio natural y cultural, que en nuestra tierra latinoamericana ha tenido y tiene una particular interrelación.

El espacio familiar de la casa y el espacio eclesial de la parroquia han estado estrechamente unidos desde los comienzos de la Evangelización, y aún antes, y son un espacio común abierto a la gracia, opuestos a las tendencias centrífugas, aislantes y de relaciones fracturadas, propias de la cultura adveniente. Por eso hablar de esta “centralidad” de la parroquia y de la familia no es hablar de manera formal, con criterios meramente descriptivos y abstractos que ponen a un mismo nivel centros y más centros de comunión y participación. La centralidad de la parroquia y de la familia es vital para la evangelización de nuestra cultura –eminentemente “circular”-y para la inculturación del evangelio, que cuando está bien centrado, en lo suyo específico, es capaz de iluminar y fecundar hasta los confines más periféricos del mundo y de la cultura.

Centralidad de la familia

La familia es el centro natural de la vida humana, que no es “individual” sino personal-social. Es falsa toda oposición entre persona y sociedad. No existe la una sin la otra. Puede haber oposición entre intereses individuales y sociales o entre intereses “globales” y personales. Pero no entre dos dimensiones que son constitutivas del ser humano: lo personal y lo “familiar-comunitario-social”. Por eso la Iglesia medita sobre la familia –base de la vida personal y social- , la promueve en sus valores más hondos y la defiende cuando es atacada o minusvalorada.

Por eso la Iglesia trata de mostrar a la mentalidad moderna que la familia fundada en el matrimonio tiene dos valores esenciales para toda sociedad y para toda cultura: la estabilidad y la fecundidad. Muchos en las sociedades modernas tienden a considerar y a defender los derechos del individuo, lo cual es muy bueno. Pero no por eso se debe olvidar la importancia que tienen para toda sociedad –cristiana o no- los roles básicos que se dan sólo en la familia fundada en el matrimonio. Roles de paternidad, maternidad, filiación y hermandad que están en la base de cualquier sociedad y sin los cuales toda sociedad va perdiendo consistencia y se va volviendo anárquica.

Puebla nos habla de la familia como el centro en que “encuentran su pleno desarrollo” esas “cuatro relaciones fundamentales de la persona: paternidad, filiación, hermandad, nupcialidad”. Y, citando a Gaudium et Spes, dice que “Estas mismas relaciones componen la vida de la Iglesia: experiencia de Dios como Padre, experiencia de Cristo como hermano, experiencia de hijos en, con y por el Hijo, experiencia de Cristo como Esposo de la Iglesia”. Así “la vida en familia reproduce estas cuatro experiencias fundamentales y las participa en pequeño; son cuatro rostros del amor humano (GS 49).

La razón teológica profunda de este “ser familiar” radica en que “la familia es imagen de un Dios que «en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia», como expresaba Juan Pablo II en una de sus homilías en Puebla. Y por eso la ley de la familia, “la ley del amor conyugal, es comunión y participación, no dominación”. La revelación del Dios Trino y Uno que nos anuncia Jesucristo, encuentra en las familias de cada pueblo su mejor interlocutor. ¿Por qué? Porque la familia es el ámbito estable y fecundo de gratuidad y amor donde la Palabra puede ser acogida y rumiada poco a poco y crecer como una semilla que se vuelve árbol grande.

¿Por qué? Porque los roles que interactúan en la familia y que son esenciales para la vida personal y social, son también esenciales en Dios mismo: la vida familiar permite recibir la revelación del amor familiar de Dios de manera inteligible: es la fe que se nos mezcla con la leche materna. Por algo el camino que eligió el mismo Señor para revelarse y salvarnos fue poner su morada en medio de la historia de los hombres en ese centro de comunión y participación, en esa primera Iglesia, que fue la Sagrada Familia de Nazareth.

Poder vivir la integralidad de estas relaciones básicas centra el corazón de la persona y le permite expandirse hacia el exterior de manera sana y creativa. No es posible formar pueblo, sentirse prójimo de todos, tener en cuenta a los más alejados y excluidos, abrirse a la trascendencia, si en el corazón de uno están fracturadas estas relaciones básicas. Desde esta centralidad amorosa de la familia puede el hombre crecer y amar abriéndose a todas las periferias12, no solo a las sociales sino también a las de su propia existencia, allí donde comienza la adoración del Dios siempre más grande.

Centralidad de la parroquia

Cuando Puebla destaca “el gran sentido de familia” que tienen nuestros pueblos, o cuando Santo Domingo nos dice que “La parroquia, comunidad de comunidades y movimientos, acoge las angustias y esperanzas de los hombres, anima y orienta la comunión, participación y misión”, y que “La parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio”, ella es "la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad", no están hablando de una familia y una parroquia abstractas, sino de la familia y la parroquia latinoamericanas en las que está sembrada la fe en Jesucristo y desde estos centros sigue iluminando y dando vida.

La centralidad de la parroquia, como lugar privilegiado de comunión y participación, tiene, en América Latina, una característica histórica especialísima. La vida social misma de nuestro continente se fue gestando “parroquialmente”. Con la parroquia que centra la ciudad recién fundada o conquistada y con la parroquia que crea la ciudad misma allí donde no había centro alguno.

Cuando San Roque González de Santa Cruz se adentra en la selva misionera para ir congregando a las tribus dispersas de indios cuenta lo siguiente: “lo que fue de mucha admiración es que los Indios levantaron una cruz delante de la iglesia (pequeñísima choza de barro que hicieron los misioneros con sus manos); y habiéndoles dicho la razón por que los cristianos la adoramos, nosotros y ellos la adoramos todos de rodillas; y aunque es la última que hay en estas partes, espero en nuestro Señor que ha de ser principio de que se levanten otras muchas”.

La gestación política y económica de América Latina fue dramática y tuvo sus luces y sombras, como dice Puebla. Hubo poblamiento y mestizaje pacíficos y conquista y dominación con diversos grados de violencia. Sin embargo, en ese gesto “parroquial” que describe San Roque, en que los indios mismos plantan la Cruz frente a la capilla y todos, indios y misioneros, se arrodillan para adorarla juntos, está sembrada y acogida la semilla de la fe en torno a la cual se centra la vida espiritual de América latina y de los pueblos del Caribe.

El centro espacial y temporal en torno al cual se comienzan a gestar los pueblos y ciudades es la Cruz, no el monolito del dominador; es la capilla, antes o al mismo tiempo que el cabildo y, por supuesto, mucho antes que los bancos. Así, la historia del pueblo de Dios en nuestras tierras se ha ido tejiendo y gestando en torno a la parroquia, ese centro espiritual que ponía a todos sus hijos como iguales ante el Padre Dios. El nombre de cada uno de nuestros pueblos y ciudades, aunque luego vaya cambiando y perdiendo partes, se esconde en las capillas e iglesias dedicadas al Señor, a nuestra Señora y a los santos patronos tutelares de cada lugar.

La estrecha relación inicial entre las familias y la parroquia sigue estando presente en los pueblos pequeños del interior de nuestros países, y también en el imaginario del pueblo fiel de Dios que muchas veces, en las grandes ciudades que han crecido sin planificación, el único centro visible suele ser la capilla parroquial. Nuestros grandes santuarios, son, innegablemente, centros espacio-temporales donde nuestro pueblo fiel se aúna y se recentra una vez al año en cada peregrinación y cada familia en sus tiempos fuertes particulares.

Así como la familia es el espacio cultural-natural abierto a la fe, la parroquia -de manera particular en América latina y el Caribe- es un espacio cultural-histórico abierto a la fe. Creo que la pastoral de los santuarios –con su acogida y apertura a todos, con la gratuidad y facilitación de los sacramentos, con el clima de fiesta y de hermandad que reina en ellos- tienen mucho que enseñar a cada parroquia, que no debe entrar en competencia con otros tipos de movimientos y de comunidades sino buscar ser el espacio común para todos. Esto implica despojo y actitud de servicio y de siembra, más allá de todo deseo de control.

Frutos de contemplar esta centralidad

¿Por qué nos hace bien contemplar la familia y la parroquia en su centralidad? Porque, como decíamos, la centralidad de la familia y de la parroquia –especialmente en nuestras tierras- es una centralidad concreta, histórica, situada, una centralidad común que le ha abierto espacio a la gracia y ha gestado una cultura evangelizada y una manera de vivir el evangelio inculturada. Estas instituciones aseguran a nuestros pueblos un lugar de promoción y servicio que otras instituciones no pueden cuidar. La centralidad hace a la cultura y nuestra fe es una fe que se incultura. Y para inculturarse bien y profundamente, la fe entra en comunión con esos centros en los que la cultura se gesta, se alimenta, se inculca en los corazones y se vuelve instituciones.

Por ello, para ser lo que son, verdaderos “centros” de comunión y participación, la familia y la parroquia deben cuidar y cultivar las gracias constitutivas que reciben constantemente de la propia naturaleza y del Espíritu. Quisiera destacar dos gracias –entre tantísimas como da el Señor- que encuentran un lugar insustituible en la familia y la parroquia. Una hace a la verdad y la otra al amor.

Espacios abiertos a la Palabra

La familia y la parroquia son el lugar donde la palabra es verdadera, donde la verdad no sólo es develamiento sino también fidelidad.
La familia es, naturalmente, el lugar de la palabra. La familia se constituye con las palabras fundamentales del amor, el sí quiero, que establece alianza entre los esposos para siempre. En la familia el bebé se abre al sentido de las palabras gracias al cariño y a la sonrisa materna y paterna y se anima a hablar.

En la familia la palabra vale por la persona que la dice y todos tienen voz, los pequeños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. En la familia la palabra es digna de confianza porque tiene memoria de gestos de cariño y se proyecta en nuevos y cotidianos gestos de cariño. Podemos sintetizar nuestras reflexiones diciendo que la familia es el lugar de la palabra porque esta centrada en el amor.

Las palabras dichas y escuchadas en la familia no pasan sino que giran siempre alrededor del corazón, iluminándolo, orientándolo, animándolo. El consejo paterno, la oración aprendida leyendo los labios maternos, la confidencia fraterna, los cuentos de los abuelos… son palabras que constituyen el pequeño universo centrado en cada corazón.

La parroquia es también lugar de la Palabra. Lo es desde que la Palabra, que se hizo carne en la familia de Nazareth, quiso también abrirse a la comunidad grande leyendo la palabra en la sinagoga de Nazareth. La parroquia es y debe ser el ámbito en el que la riqueza insondable de la Palabra que habita en la Iglesia se vuelve comprensible en la vida cotidiana de cada pueblo, de cada comunidad. La parroquia es de los pocos lugares en que los papás pueden ir con sus hijos a escuchar una misma palabra. En la escuela, los padres dejan a sus hijos. En la Eucaristía dominical, pueden ir juntos y ser iluminados por una misma Palabra. Los demás ámbitos de la palabra –los “medios”- son eso: medios. En la familia y en la comunidad parroquial la Palabra es Vida –gesto, coherencia, amor expresado, verdad vivida, fidelidad segura.

Espacios abiertos al amor

La otra gracia hace al amor y tiene que ver con la aceptación del otro, gratuita, perdonadora, creativa. Tiene que ver con la inclusión de todos 20. La familia y la parroquia son el lugar del cobijo, de la comunión en el amor profundo, más que en determinadas costumbres que cambian constantemente.

Muchas veces los padres se angustian cuando sienten que los hijos no comulgan con sus valores. Lo cual puede ser cierto a un determinado nivel: la sociedad actual brinda a las personas muchísimas cosas que antes brindaba la familia (y la escuela) y que ahora se adquieren por otros medios. Pero la centralidad de la familia, el cobijo de la puerta que se abre a la intimidad, la alegría sencilla de la mesa familiar, el lugar donde uno se cura de sus enfermedades y descansa, donde puede mostrarse y ser aceptado como es, esos valores siguen vigentes y son vitales para todo corazón humano. Las cuatro relaciones de las que hablábamos constituyen la familia, son “el valor fundante” de todos los demás valores. Y se pueden cultivar tanto traduciéndolos en ritos y costumbres aceptados por toda la sociedad (como sucedía en ambientes culturales anteriores) como en contraposición con la ausencia de ellos en ese “afuera” que puede ser tan fascinante en muchos aspectos pero que carece de la calidez de estas relaciones básicas.

De la misma manera, la parroquia, sigue siendo centro de la vida profunda de nuestro pueblo, aunque las estadísticas muestren que decrece la participación en ciertos ritos o costumbres. La gente sigue valorando si la parroquia cultiva esas relaciones básicas de la familia: si le bautizamos los chicos, si bendecimos los matrimonios, si visitamos los enfermos y acompañamos a las familias cuando entierran a sus muertos, si acogemos a los pobres como hermanos, si tenemos la puerta abierta como el Padre misericordioso para todos los hijos, pródigos y cumplidores. La parroquia iguala porque lleva el centro de la vida eclesial a todas las periferias: las de la pobreza y la marginalidad, las de la lejanía de los grandes centros de vida política, económica y social, y las periferias existenciales, las del nacimiento y la muerte, las del pecado y la gracia.

El desafío actual de la evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio

El desafío que se nos presenta actualmente para la Nueva evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio, lo expresaría así: es el desafío de recentrarnos en Cristo y en nuestra cultura –en nuestras culturas- para llegar a todas las periferias. No se trata de “prescindir de la primera evangelización”, ni de “predicar un evangelio diferente”, ni de que la anterior haya sido poco fecunda… sino de responder a los nuevos desafíos de la cultura actual.

Centrarnos en la persona en su dimensión comunitaria

Hace un año, en una charla en Alemania, el Cardenal Errázuriz decía que el centro de la Conferencia General no era, “en primer lugar, un gran programa: la nueva Evangelización, la cultura cristiana o la promoción humana”. Sino que:
“Esta Conferencia General se centra en aquella persona bautizada que va a gestar la cultura cristiana, que va a ser evangelizadora y que va a promover a sus hermanos, sobre todo a los más marginales. Es una nueva perspectiva en la línea de la educación de la fe. Se trata de ser y formar discípulos y misioneros de Jesucristo”.

Quisiera situar esta persona, a este “Discípulo y misionero de Jesucristo”, que deseamos que salga a evangelizar “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, dentro del marco que nos sugería Juan Pablo II al inicio de Santo Domingo:
“Al preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una acción pastoral que ponga en el centro de todo a la persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal con Dios. Es un hecho que allí donde la presencia de la Iglesia es dinámica, como es el caso de las parroquias en las que se imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, donde existe una liturgia activa y participada, una sólida piedad mariana, una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada solicitud pastoral por la familia, los jóvenes y los enfermos, vemos que las sectas o los movimientos para-religiosos no logran instalarse o avanzar”.

Es inspirador el remedio que discierne el Papa contra la acción disolvente de las sectas: poner en el centro de todo a la persona en su dimensión comunitaria y de apertura a lo trascendente. Por eso es que vemos el remedio que propone Juan Pablo II no sólo como apropiado contra las sectas sino también para hacer frente a un aspecto de la globalización que tiende a disolver valores e instituciones intermedias para tratar a las personas como individuos aislados, más fáciles de manipular, tanto para el consumo como para la política clientelista. Contra este peligro, la parroquia y la familia son ámbitos comunitarios privilegiados de la relación entre persona, cultura y fe.

Centrarnos en nuestros núcleos culturales


Frente a la “crisis cultural de proporciones insospechadas” en la que vivimos, frente al quiebre de la relación entre valores evangélicos y cultura, Juan Pablo II nos ilumina apuntando a una evangelización que vaya a los núcleos culturales:
“En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. Redemptoris missio, 52)”.

Seguidamente Juan Pablo II explicita esto de llegar a los núcleos culturales mostrando que la evangelización de la cultura no tiene nada de adaptación meramente externa, sino que va a lo profundo, allí donde se gestan los procesos culturales de los pueblos, a su mentalidad honda y arraigada26. Y esta mentalidad necesita un espacio más amplio y más duradero que el que puede proporcionarle cada conciencia individual. De ahí la importancia de la familia y la parroquia: ámbitos donde los “valores históricos y presentes de nuestra cultura y de nuestra fe pueden afianzarse, renovarse, ampliarse y unificarse.

Circularidad de nuestra cultura

Es que el centro es un constitutivo hondo de nuestra cultura latinoamericana, marcadamente “circular”. Ayuda tener esto en cuenta para poder pensar bien muchas cosas que no se entienden desde una concepción racionalista lineal, que considera el progreso como abandono del centro, como surgimiento de cosas nuevas que nada tienen que ver con las antiguas. Esta mentalidad se hace patente en el fastidio con que algunos sienten que “no avanzamos”, que “el pasado vuelve, con sus fantasmas y malas costumbres antiguas” (como si las nuevas fueran a ser mejores por el solo hecho de ser nuevas). La cultura y la fe latinoamericanas se han gestado y están profundamente centradas en torno a centros concretos de “comunión y participación”: centros espaciales, como los santuarios, centros temporales, como son las grandes fiestas en los que la comunión y la participación alcanzan su mayor esplendor.

Nuestro pueblo avanza y peregrina en el tiempo y la geografía en torno a estos centros grandes, mientras que “habita” los centros más pequeños como son la familia y la parroquia. De allí que cuidarlas, promoverlas, reflexionar sobre su sentido y valorar las gracias de estos centros, equivalga a cuidar, promover y valorar nuestra cultura y nuestra fe mismas en cuanto tales.

El centro como condición de estabilidad y de fecundidad

Sabemos que la cultura y las diferentes culturas se van gestando desde el modo de centrarse que tienen los pueblos –para de allí expandirse- en torno a sus valores – los más cotidianos, los estéticos y los ético-políticos y los valores trascendentes. Cada cultura se centra primero en el espacio allí donde su geografía posibilita mejor el trabajo que puede desarrollar para la vida que desea. Cada cultura se centra luego en el tiempo, ritmando la vida con sus expansiones y concentraciones de acuerdo a las estaciones, al clima, al trabajo, la fiesta y el descanso, de acuerdo a las creencias de cada pueblo. Este centrarse es espiritual, pero no en sentido restrictivo, sino precisamente, en el sentido en que el espíritu centra todo lo humano, alma y cuerpo, persona y sociedad, cosas y valores, momentos e historia… todo.

Cada pueblo va transformando los lugares y tiempos que encuentra y los va configurando de acuerdo a su espíritu, a lo que desea, a lo que recuerda y a lo que proyecta. Y este centrarse lo va haciendo, no individualmente, sino en familia, en comunidad de familias –parroquia-, en pueblos… El centrarse es condición necesaria para que una cultura se geste y viva, pues hace a su estabilidad y a su fecundidad.

Centrarnos en Jesucristo

Juan Pablo II corona su mensaje con una hermosísima exhortación a volver la mirada a nuestro centro. Le dice a América Latina y a los pueblos del Caribe, como si le hablara a nuestra Señora:
"Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". ¡Sé fiel a tu bautismo, reaviva en este Centenario la inmensa gracia recibida, vuelve tu corazón y tu mirada al centro, al origen, a Aquel que es fundamento de toda dicha, plenitud de todo! ¡Ábrete a Cristo, acoge el Espíritu, para que en todas tus comunidades tenga lugar un nuevo Pentecostés! Y surgirá de ti una humanidad nueva, dichosa; y experimentarás de nuevo el brazo poderoso del Señor, y "lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, es su amor por tus hombres, por tus familias, por tus pueblos. Y ese amor se cumplirá en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu rostro, "te proclamarán bienaventurada todas las generaciones" (Lc 1,48).

Vemos así que el desafío de anunciar a Jesucristo a nuestros pueblos –no a individuos aislados-, para que en El tengan vida –una vida plena, en todas las dimensiones de sus culturas-, conlleva una tarea de re-centramiento. Re-centrarnos en un Jesucristo que ya habita en el centro de nuestra cultura y que viene a nosotros, siempre nuevo, desde ese centro. Esta contemplación que siempre se recentra en un Cristo vivo que habita en medio de su pueblo fiel, nos libra de las tentaciones lineales y abstractas que piensan que el evangelio hay que reciclarlo: unos, en un taller de restauraciones, otros, en diferentes laboratorios de utopías. Recentrarnos es tener el coraje de recordar, llegando hasta las periferias más antiguas del pasado de todas nuestras culturas, para reconocer allí –con memoria agradecida- la presencia del Espíritu. Recentrarnos es tener el coraje de arrojarnos a las periferias del futuro confiados en la esperanza de que el Señor viene a nosotros, lleno de gloria y poder.

Roma, 18 de enero de 2007.
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires
Ponencia en la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina
Parroquia y familia

Familia y discontinuidad pastoral




Por: Monseñor Héctor Cardelli

La discontinuidad en nuestra pastoral es una realidad innegable. Volver nuestra atención a la familia favorecería la continuidad en la pastoral. Nada puede suplir la acción de la familia, ni la escuela ni la parroquia. Hoy es permanentemente agredida con leyes de todo tipo: divorcio, salud reproductiva, aborto, etc. Y hasta en nuestra pastoral la hemos descuidado al punto de que casi ha desaparecido. Vale la pena el esfuerzo para recuperar la centralidad de la familia en la tarea pastoral.

¡Cuántos desvelos por la catequesis de iniciación que se ven como frustrados a la semana de la primera comunión, o de la confirmación! Ese día, pastoralmente terrible, sentimos que llegamos hasta ahí y no hemos implementado nada para acompañar el crecimiento en esa iniciación, que por mejor hecha que fuere, no es sino y sólo iniciación.

Lo mismo experimenta el sacerdote con los niños que bautiza, con los novios que sacramenta, con los ex alumnos de su "escuelita" parroquial, con los jóvenes, los enfermos, los ancianos, etc, etc. Todas pastorales independientes, insuficientes, dispersas, sectoriales sin relación entre sí y lo peor, sostenidas por décadas y décadas sin nuevas propuestas válidas que aseguren una continuidad en el crecimiento espiritual del iniciado.

Los frutos de esta catequesis son tan pobres que no logran establecer la relación entre la fe y las vidas, demorando responsablemente la presencia y el crecimiento del Reino entre nosotros, de tal modo que abundamos en bautizados (aunque creo que ya son menos) no evangelizados. Tenemos un fuerte protagonismo de católicos generados por esta pastoral fragmentada, y una estructura social corrupta y de pecado. ¿Es que se habrá vuelto insípida la sal?

Después de 20 años de párroco y ahora como obispo en otra latitud de mi patria, veo que ésta es la situación real de nuestra pastoral, en nuestras parroquias y diócesis.

¿Qué hacer? Volver al proyecto de Dios.

Dios pone la familia en el CENTRO de la creación. Crea al hombre a su Imagen y Semejanza, lo crea comunidad de AMOR, varón y mujer y los invita a convertirse en familia, sean fecundos, crezcan y multiplíquense. ¡Dominen la tierra!

Frente al rechazo del hombre, que quiere hacerse autónomo y rompe la comunión, Dios no desiste de su plan. Él mismo, el Verbo, se hace hombre en el seno de una familia.
Así, en el plan de la creación aparece una FAMILIA en el origen; ¡también el Plan de Salvación tiene su origen en una familia!

El matrimonio es anterior a la Iglesia y a los sacramentos.

Las primeras comunidades se reunían para partir el pan, orar y comer juntos (Hech. 2,46).
También las familias son los primeros núcleos evangelizadores y los apóstoles se dirigían especialmente a los jefes de familia (Rm. 16, 1-16).

La conyugalidad se hace presente desde el comienzo en las relaciones de Dios y su Pueblo.
Jesús utiliza mucho el lenguaje nupcial en las enseñanzas: Mt. 22, 2-14; Mc. 2, 19 y también los apóstoles: Apoc. 19, 7; 22, 17 y el mismo Jesús envía a sus discípulos a las casas de familia: Mt. 10, 11-14.

Así Dios nos revela la centralidad de la familia. Ella es la célula de la sociedad, es la base y el fundamento de la estructura social.
Es un CAPITAL SOCIAL. En los tratados internacionales se ubica como centro de las posibilidades de desarrollo personal y social de las personas y del desarrollo económico de los pueblos.

"La que educa es la familia y lo que ella no hace, la institución que intenta hacerlo nunca llega a alcanzar los logros que ella puede alcanzar. Lo que educa es el ambiente que la familia crea culturalmente, no lo que sus miembros dicen que hay que hacer" (Honorable Senado de la Nación. "Informe Argentino de desarrollo humano". Tomo I. Los valores para el desarrollo humano de los Argentinos. 1998).

En los tratados internacionales se señala que "las familias estables son los principales actores del desarrollo sostenible. Este desarrollo depende principalmente de la madurez social, emocional, espiritual, cultural y política de todos los miembros de la familia" (Declaración de Malta del Foro Mundial de ONG para el lanzamiento del año internacional de la Familia, dic. 1993).

En la convención de los derechos del niño se reconoce que para que el niño tenga un pleno y armonioso desarrollo de su personalidad debe crecer en el seno de la familia en un ambiente de felicidad, amor y comprensión.

La función central de la familia es la función de
PERSONALIZACIÓN.


Se pretende que la escuela supla a la familia y que encare una educación emocional y afectiva: ésa es la tarea de la casa de cada uno, no del aula. Las afectividades requieren otro lugar, otro tipo de relación.

Sólo la familia puede ayudar al desarrollo del hombre en su totalidad.
Pese a estos reconocimientos de las ciencias antropológicas y sociológicas, así como de la normativa jurídica y las Declaraciones de orden universal, la FAMILIA, lejos de ser preservada como el BIEN COMÚN, fundamento de la sociedad, fue y es permanentemente agredida y puesta en riesgo de disolución mediante un plan perfectamente definido y desarrollado.

Basta pensar en las leyes como la del divorcio, salud reproductiva, aborto, eutanasia, manipulación genética, eugenesia, clonación, anulación del hombre como persona en sí. Visión instrumentalista del hombre sin lazos familiares. Simple engranaje de un sistema de producción y consumo.

Y el colmo de todo es que la familia, en nuestra pastoral, no es tenida en cuenta sino más bien ha desaparecido como tal. Tironeada y desmembrada como Tupac Amarú sus miembros se hallan dispersos, atendidos por diversas pastorales, mediante acciones sectoriales sin relación entre sí y menos con la familia de la que proceden esos miembros.

Rescatemos y recuperemos la familia como centralidad de toda pastoral e hilo conductor del Itinerario Catequístico Permanente (ICP).

Lumen Gentium y Gaudium et Spes son documentos fundamentales del Vaticano II para el descubrimiento de la centralidad de la familia en la pastoral de la Iglesia.
Pablo VI destacó el papel de la familia como Iglesia doméstica (E. N.).
Juan Pablo II es el papa de la familia a la que alude en todos sus documentos.

Cuando la familia es realmente la centralidad de la pastoral de la Iglesia, es acompañada, atendida y contenida por la acción coordinada e integral de las diversas pastorales que tienen que ver con la familia en forma directa.

La única institución natural que acompaña al ser humano desde que nace hasta la vida adulta es la familia. En el orden pastoral, la parroquia cumple esa función desde el nacimiento hasta la muerte.

Entonces, es desde la parroquia y en la familia donde debemos concentrar nuestra atención para asegurar el crecimiento cristiano de la fe, como un itinerario de discipulado que desemboca en el Reino definitivo ¡después de haberlo instaurado aquí en la tierra!

Fuente:Revista Didascalia

jueves, 24 de enero de 2008

Ser comunicadores de Aparecida


En el Nº 86 el documento nos invita a comunicar la vida de Cristo comunicando el Evangelio porque el discípulo está llamado a ser misionero y comunicar esa vida, que no es cualquier clase de vida sino una vida digna y feliz, plena, para todos los pueblos, para que en Él tengan vida.
Aparecida convoca a la magnanimidad y nos impulsa hacia el futuro, hacia adelante, hacia una gran "aventura".

Será importante captar el espíritu de Aparecida que se inserta en la historia de la pastoral latinoamericana para fortalecer la iglesias en cada país y en cada región. Los porteños tenemos un cierto desdén por la Iglesia latinoamericana y Aparecida es un instrumento para generar una nueva etapa pastoral, más esperanzada y valorando lo común que tenemos con toda Latinoamérica.

El eje de Aparecida está centrado en Cristo y la vida, la vida en Cristo y, los principales agentes somos los bautizados.

La Iglesia hoy tiene nuevos desafíos para su misión y se hace imperioso tender a la comunión misionera entendiendo que tenemos que recomenzar desde Cristo, si no, no se entenderá Aparecida. El planteo de las comunidades cristianas apunta a cómo hacer para articular documentos pastorales que merecen ser recibidos y aplicados. En el caso de nuestro país la articulación pasa entre Aparecida y Navega Mar Adentro (CEA)

La línea pastoral fuerte en Aparecida puso el acento en la Pastoral Bíblica. Aparecida habla con el lenguaje de los sentimientos, las palabras y los símbolos, las tensiones son inevitables en todo acontecimiento eclesial, la Iglesia real es peregrina, histórica, real, tiene tensión pero también comunión ya que Dios es logos y diálogo.

¿Qué es ser cristiano hoy en América Latina?...es manifestar el rostro y la voz propia de la Iglesia latinoamericana ya que en América Latina está el 43% de los bautizados del mundo.
Las diócesis y los episcopados deberán tomar la decisión de trazar líneas pastorales comunes que implementarán las diócesis apuntando a una misión continental profunda, capilar y a largo plazo.

La misión es en la historia, Aparecida es el comienzo de un gran proyecto misionero si se lo toma en serio, puede llegar a ser letra muerta o por el contrario espíritu vivificador.
Vida es la palabra que más veces aparece en el documento, es central en todo el documento seguida de alegría, santidad, comunión eclesial, itinerario formativo de los discípulos y misioneros.

Habrá que contemplar una pastoral personal, una familiar intergeneracional humana y social y una cultural utilizando un método de discernimiento comunitario y de participación al modo de un nuevo Pentecostés.

Otro tema central a tener en cuenta es el tono o lenguaje del documento que se refleja en un estilo positivo, propositivo, ecuménico, dialogal y respetuoso. Una Iglesia propositiva donde lo más importante es el Evangelio.

Conviene aclarar que entre los discípulos y misioneros no hay una etapa intermedia de la formación, son dos caras de una misma medalla.
No perder de vista el Evangelio, centrarse en él al modo de Jesús que elegía a sus discípulos en una época en que los discípulos generalmente elegían a los maestros. La comunión y la misión no son etapas y son permanentes. La Nueva Evangelización requiere de todas las vocaciones pero la laical es puntual y prioritaria. Todos los bautizados tenemos que ser misioneros.

Los temas que preocuparon a los obispos en Aparecida son: la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, lograr estructuras más equitativas, fortalecer los vínculos familiares y sociales, los jóvenes, la crisis cultural y la pobreza con la consiguiente falta de educación y trabajo.

Misión:

Estamos ante el primer gran proyecto misionero latinoamericano, hubo sucesivas respuestas pastorales a temas emergentes pero flojas. Aparecida convoca a partir de las raíces culturales, éticas y religiosas nuevas y globalizantes.
La acción misionera de Jesús se basa en el "vayan", es envío, con la misma autoridad y misión. Ir hacia las periferias excluidas (tema social), existenciales y culturales. Se necesitará mucha creatividad laical en la vida privada y pública.

Los verbos con los que se intenta impulsar la misión van precedidos de un "re", recomenzar desde Cristo, redescubrir el Bautismo y no perder de vista que se comienza a ser cristiano por un encuentro personal con Cristo, no por una decisión personal.